Hace unos cuantos años, allá por el invierno de los 60, Blacos era un pueblo encogido en sí mismo. Sus calles se iluminaban con lámparas de una sola bombilla, alimentadas por la escasa fuerza que llegaba desde el viejo molino. En las casas no había grifos, y el que quería beber agua se iba a la fuente, y el que quería que bebieran sus animales, se los llevaba directamente al río. En aquellos años los lavabos eran palanganas, las bañeras había que buscarlas en los remansos del avión, y los retretes ... (ver texto completo)