Ya quedan pocas, o ninguna, hojas con el color del verano. Día a día el paisaje se tiñe de los colores tibios del otoño, de esos contrastes rojizos y marrones, ásperos como el tiempo soriano, que no dejan margen ni para la imaginación ni para la alegría y la esperanza. El otoño le va como anillo al dedo a estos días convulsos, inciertos, rodeados del pesimismo individual cuando no de la resignación colectiva. Es cuando ya casi todos empezamos a pensar que, como dice el lema de los marines americanos ... (ver texto completo)