“¡
Gormaz! Lo volví a saludar, con grito no sonoro, sino reservado a mi pecho. Lo saludé, no con el entusiasmo del turista ante una nueva belleza, sino con la unción del peregrino que alcanza su meta. Y no sabría decir las razones totales de mi cariño: ¿Tan sólo amor a la tierra, o a la
historia, o a la
arqueología? ¿O la convicción de que aquí lucharon en los años del siglo por ignorados abuelos míos, no me importa si moros o cristianos? No lo sé, pero guardo una ternura no decible hacia esta colina
... (ver texto completo)