BLACOS: Las perseidas...

Las perseidas


Se las conoce como lágrimas de San Lorenzo y son especialmente visibles en latitudes medias del hemisferio norte. Y es un fenómeno que tiene muchas similitudes con la vida y la muerte en este planeta tierra. Quizás por eso lo de lágrimas sea una mejor definición en cuanto que reflejan el dolor que produce a los que las miran comprobar la desaparición de muchas de ellas en esas noches mágicas de los agostos de Blacos. Aunque lo de la desaparición no es del todo exacto, porque en realidad lo que hacen es moverse a otro universo desconocido. Dejan de brillar en el nuestro para alumbrar a otros, Y en ese movimiento espectacular siempre dejan una sensación de vacío y provocan una incertidumbre agobiante, como la propia vida cuando decide iniciar su último viaje. Entre las perseidas que se mueven cada año, siempre hay nombres que nos resultan familiares, que nos evocan una gran colección de recuerdos, o simplemente una foto fija color sepia de aquellos años en los que vivíamos en un mundo en blanco y negro, sin muchos otros matices, pero llenos de ilusión, de amor y de amistad, algo, esto último, que resulta más difícil de mantener de lo que nos podía parecer en nuestra adolescencia o en nuestros albores de juventud.
Entre esas perseidas que han viajado en los últimos meses está la de Miguel Fernández, un joven vivaz, extrovertido y simpático, que se coló en nuestro universo sin llamar a la puerta. Llegó de la mano de Chus y ha dejado en su estela las figuras de sus hijos Víctor y Diego. Fue algo tan fugaz como el viaje de esas estrellas. Y cuando salió de nuestras vidas, muchos, hay que reconocerlo, lo empezamos a echar un poco de menos. Fue una estancia breve pero productiva, porque se armaba de muchos recursos para ocupar su propio espacio y compartirlo con aquellos que se le acercaban. Sólo las vicisitudes de la vida lo alejaron, como lo ha hecho ahora el viaje de las perseidas.
También brilló con luz propia durante toda una vida de veranos Nati, siempre a la busca y captura de su amado. y revoltoso nieto, Oliver. No dejó una esquina sin mirar ni una piedra sin mover, hasta dar con él. Se preparó para el viaje de las perseidas sin que casi nadie se diera cuenta, y probablemente algunos se enteren de su despedida al leer estas líneas.
Sea como fuere cada año, cada verano, en esas noches mágicas, volveremos a mirar al cielo y compartiremos con ellos las lágrimas de San Lorenzo. Y cada uno, desde el fondo de su corazón, querrá reconocer en las estrellas que se mueven el rostro de algunos de sus seres queridos. Ojalá sea una noche mágica.