BLACOS: Ricardo Poza. Una fuente de luz....

Ricardo Poza. Una fuente de luz.

Por suerte, en este mundo hay personas que viven y se mueven rodeadas de luz, personas que transmiten ese resplandor, aunque ellos no lo sepan, y no hagan nada para vivir en el epicentro de esa brillantez.
Ricardo Poza, “el Pozita” para los que hemos tenido el placer de disfrutar de su presencia, era una de esas personas que se mueven rodeados de un halo permanente, un rayo que parece eterno, y que él se encargaba de mantener siempre encendido a través de su sencillez, su simpatía y su bondad más exquisitas.
Cuando lo veías a lo lejos nada hacia presagiar algo que pudiera llamar la atención. Seguro que esto mismo pensaban las gentes de Barcelona cuando llegaba a Las Ramblas al lado de Cristóbal Colón o cuando aparecía por la Fuente de Canaletas. Un hombre más bien pequeño, más bien un poco relleno y más bien un poco miope como demostraban sus gafas de montura clásica. Y seguían pensando lo mismo cuando se paraba en un punto indeterminado del paseo, alzaba la cabeza y miraba fijamente a un punto del tejado. Incluso de vez en cuando señalaba algo con el dedo. En un momento había provocado una enorme curiosidad y un montón de gente lo rodeaba y miraba en la misma dirección, sin saber muy bien porqué lo hacían.
Cuando creía que ya les había tomado el pelo lo suficiente, se salía del corro y se sentaba en un banco próximo para mirarlos y reírse de los que ya empezaban a tener dolor en el cuello de tanto mirar a las alturas.
Ese era El Poza. La anécdota puede contener un humor escaso, pero cuando se la oías contar a él cobraba una dosis de cachondeo gigantesca. Testigo fie de lo que digo fue el Gildo, aquel día que entre los dos me sujetaban la escalera para colocar las banderitas de las fiestas. Hay que recordar que Gildo era un hombre de risa fácil, pero El Poza le obligó a irse corriendo a casa, en una lucha tenaz entre sus piernas y el bastón para mantener el equilibrio. No sabemos si llegó a tiempo o si tuvo que cambiarse de calzoncillos y pantalón.
En boca de Ricardo la verdad y la invención siempre estaban separadas por una línea tan sutil, que a veces parecía invisible. Y es que era esa fuente de luz que lo acompañaba la que siempre nos acababa deslumbrando hasta perder cualquier noción y sumergirnos en un mundo de risas sublimes.
Como las que disfrutaron muchos de sus amigos, la mayoría no lo pueden ya recordar, una noche de aquellos agostos de realismo mágico que vivíamos en Blacos. Organizaron una cena improvisada en la escuela. Allí estaban entre otros Poli, Ismael y Aurora, Antonino y Consuelo, Cosme y Carmen, Tasio y Carmen y Ricardo y Asunción.
Hacía calor, pero la noche todavía subió muchos grados de temperatura cuando el Ricardo se disfrazó de cura, del sacerdote más hilarante que ha pasado por la vega del Milanos. Fue una misa que debería pasar a formar parte de los anales del Vaticano, como una fórmula mágica para recuperar la fe. Los fieles comulgaron todos, compartieron el pan y el vino y estuvieron recordando toda su vida aquella noche estrellada, presidida por la casulla de Ricardo.
Todo esto lo hacía con tal naturalidad que parecía estar al alcance de cualquiera, hasta que descubrías que no, que sólo llegaban hasta allí los privilegiados del humor. Esos que se recuestan en su fuente luminosa y cualquier palabra que pronuncian sale dotada de una fuerza cómica inabarcable.
Ricardo era un hombre al que Blacos le sentaba muy bien, y se notaba simplemente con verlo. El mantenía sus principios a rajatabla, y sus aficiones estaban muy lejos de las de sus cuñados y vecinos. Mientras ellos recorrían montes y ríos, Ricardo se sentaba a la puerta de su casa, o de cualquier casa, y dictaba su catedra de manera incansable. Lo suyo era más la paz sedentaria que el barullo de arroyos y caminos.
Y en ese mundo agotó todas sus posibilidades, hasta que las malditas leyes de la vida lo doblegaron. Llegó un momento que el sedentarismo era impuesto, y esto es algo que no sienta bien. Se le fue transfigurando el rictus risueño en muecas de dolor y amargura.
Demasiados obstáculos para que no enturbien cualquier carácter. Demasiadas penalidades que poco a poco fueron quitando brillo a su fuente de luz.
Ricardo, un placer haberte conocido y un orgullo haber podido disfrutar de tu amistad. Siempre veremos brillar tu estela en nuestro recuerdo.