Cuando un día cualquiera, de cualquier verano de los agostos del otro siglo, me levantaba a las doce, o a la una de la tarde, Antonino ya había dado dos vueltas al mundo, a ese universo particular que se había creado desde pequeño en Blacos.
Se levantaba al alba, y antes de que se desperezaran los primeros rayos de sol Antonino ya estaba de visita en el Molino Somero, en casa de algunas truchas conocidas y con la que había quedado la tarde anterior. Después se acercaba hasta la Ribera a intentar establecer relaciones con cualquier pez que se moviera por sus gélidas aguas.
En el camino de regreso repartía tarjetas de visita por todas las esquinas. Tenía tiempo de conversar con cada persona que se encontraba antes de llegar el primero a la plaza, para ser el anfitrión de esos almuerzos colectivos y solidarios que se organizaban desde la espontaneidad más absoluta. (Texto completo en fuentenegrilla. blogspot. com)
Se levantaba al alba, y antes de que se desperezaran los primeros rayos de sol Antonino ya estaba de visita en el Molino Somero, en casa de algunas truchas conocidas y con la que había quedado la tarde anterior. Después se acercaba hasta la Ribera a intentar establecer relaciones con cualquier pez que se moviera por sus gélidas aguas.
En el camino de regreso repartía tarjetas de visita por todas las esquinas. Tenía tiempo de conversar con cada persona que se encontraba antes de llegar el primero a la plaza, para ser el anfitrión de esos almuerzos colectivos y solidarios que se organizaban desde la espontaneidad más absoluta. (Texto completo en fuentenegrilla. blogspot. com)