Nunca llueve a gusto de todos, e incluso cuando aprieta el calor no desaparecen algunos síntomas de congelación. Pero en estos días en los que el termómetro parece escalar hasta la cima del Everest, es agradable acercarse a la sombra del olmo. Ese olmo ahora imaginario, un olmo virtual, porque el olmo real se llevó entre sus ramas esos murmullos de verano, esa bota que corría de mano en mano mientras los dedos se deslizaban sobre las rodajas de chorizo con su justo picante o esas tortillas de patatas ... (ver texto completo)