En esta vida casi todo el mundo sabe ganar, todos nos creemos los mejores aliados de la victoria. Estamos seguros de saber controlar ese punto de vanidad, ese pinchazo de soberbia que nos sacude cuando llegamos a la cima del triunfo. Todos nos creemos capaces de soportarlo sin levantar los pies del suelo, sin tentaciones de humillación o sin deseos de presumir de lo logrado y desafiar al derrotado. La humildad casi nunca se casa con la victorias y acaba siendo hermana de la derrota. Y es que la derrota ... (ver texto completo)