EL VIEJO CARRO.
Después de tantos años de trabajo, recorriendo alegremente los caminos, yo pienso que nunca mereciste este destino, caído, desvencijado, sobre la tierra boca abajo.
En aquellos años ya lejanos, de tantísimo trabajo, transportaste la mies hasta la era,
después de trillado el grano hasta el sobrado, granero, o en esta zona, la típica panera, la uva al lagar y acoplándote los típicos tapiales y trenzados regázales, la paja al pajar.
Cuantas veces irías al molino de Montuenga, cargado con mucho grano en los costales, para poder alimentar los animales y la blanca harina de trigo candeal, para hacer el pan.
Estoy seguro que irías algunos martes a la villa, para hacer las compras típicas de antaño, algunos utensilios de cocina, ropa, también hoces, orcas hechas de algunas ramas de madera y hatillos para el próximo verano.
Y en época de ferias llevarías algunos niños, mozas y mozos vestidos de domingo hasta la feria, dejándoles a la puerta la posada y recogiéndoles ya de madrugada, volverías al camino, para llevarlos de vuela a su destino.
Pobre carro, queda ya muy lejos, aquel día que saliste del taller del carretero, nuevo, recién pintado, con las cadenas cromadas y por fuera y en los tapiales, el hábil carretero te habría dibujado con mezcla de pinturas removidas, barcas azules de pescadores, con velas estiradas por el viento, muy blancas y simulando un surco blanquecino en las aguas de color turquesa, también te pintaría verdes prados, salpicados de flores con muchísimos colores y entre las flores, algún travieso y prevenido gorrión, buscando los insectos como alimento, también te pintaría algún castillo, los pinares al fondo después de la pradera como si marcara o fuera la raya del horizonte, por ultimo en el lugar mas visible, en la tapialera, esa tabla ancha de madera te habría pintado la torre de la iglesia.
Mal final pobre carro, abandonado a su suerte en la trasera, yo hubiera preferido para ti mejor final, resguardado, aunque fuera en un rincón de la cochera y si estorbabas, te hubieran dado cobijo en el corral, por debajo, en la tinada, cubierto por los haces de ramera.
Después de tantos años de trabajo, recorriendo alegremente los caminos, yo pienso que nunca mereciste este destino, caído, desvencijado, sobre la tierra boca abajo.
En aquellos años ya lejanos, de tantísimo trabajo, transportaste la mies hasta la era,
después de trillado el grano hasta el sobrado, granero, o en esta zona, la típica panera, la uva al lagar y acoplándote los típicos tapiales y trenzados regázales, la paja al pajar.
Cuantas veces irías al molino de Montuenga, cargado con mucho grano en los costales, para poder alimentar los animales y la blanca harina de trigo candeal, para hacer el pan.
Estoy seguro que irías algunos martes a la villa, para hacer las compras típicas de antaño, algunos utensilios de cocina, ropa, también hoces, orcas hechas de algunas ramas de madera y hatillos para el próximo verano.
Y en época de ferias llevarías algunos niños, mozas y mozos vestidos de domingo hasta la feria, dejándoles a la puerta la posada y recogiéndoles ya de madrugada, volverías al camino, para llevarlos de vuela a su destino.
Pobre carro, queda ya muy lejos, aquel día que saliste del taller del carretero, nuevo, recién pintado, con las cadenas cromadas y por fuera y en los tapiales, el hábil carretero te habría dibujado con mezcla de pinturas removidas, barcas azules de pescadores, con velas estiradas por el viento, muy blancas y simulando un surco blanquecino en las aguas de color turquesa, también te pintaría verdes prados, salpicados de flores con muchísimos colores y entre las flores, algún travieso y prevenido gorrión, buscando los insectos como alimento, también te pintaría algún castillo, los pinares al fondo después de la pradera como si marcara o fuera la raya del horizonte, por ultimo en el lugar mas visible, en la tapialera, esa tabla ancha de madera te habría pintado la torre de la iglesia.
Mal final pobre carro, abandonado a su suerte en la trasera, yo hubiera preferido para ti mejor final, resguardado, aunque fuera en un rincón de la cochera y si estorbabas, te hubieran dado cobijo en el corral, por debajo, en la tinada, cubierto por los haces de ramera.