La Encina, pequeña población situada a 13 kilómetros al sur de
Ciudad Rodrigo, pasó de ser una aldea a convertirse en villa en 1629, tras adquirir su propia jurisdicción a la Corona durante el reinado de Felipe IV.
Los documentos históricos revelan que, hasta ese año, La Encina era una aldea dependiente de la jurisdicción real de Ciudad Rodrigo. La situación cambió cuando el rey Felipe IV decidió poner a la venta diversos lugares y vasallos de la Corona con el propósito de obtener recursos para sufragar los elevados gastos de la Monarquía Hispánica, especialmente los derivados de las guerras que mantenía en Europa.
Inicialmente, la aldea fue adquirida por Martín de
Cáceres Pacheco, vecino de Ciudad Rodrigo, lo que suponía que sus habitantes pasarían a estar bajo la jurisdicción de un nuevo señor.
Ante el temor de posibles abusos, los vecinos se reunieron en concejo y adoptaron una decisión trascendental: ejercer su derecho de tanteo para adquirir directamente de la Corona la jurisdicción de la localidad y evitar así quedar sometidos al régimen señorial.
Para afrontar el coste de la operación, solicitaron un préstamo en
Salamanca. El desembolso total ascendió a 1.926.385 maravedís, una cantidad considerable que mantuvo endeudada a la villa durante más de un siglo.
De este modo, en 1629, La Encina dejó atrás su condición de aldea y adquirió la de villa, protagonizando un singular episodio de autonomía local al asumir colectivamente el coste de su propia jurisdicción.