Una historia de amor no versa sobre aquellos cuyos corazones se extravían, sino sobre quienes tropiezan con ese hosco personaje interior y comprenden que el cuerpo no puede engañar a nadie ni nada: ni la sabiduría del sueño ni el hábito de la cortesía. Es un consumirse de un mismo y del pasado.
El mensaje enriquece al que se apodera de él con toda el alma, pero enriquece tres veces más al que lo analiza.