VALCABADILLO: SOY EL VIEJO DEL PUEBLO...

SOY EL VIEJO DEL PUEBLO
Hoy me he acercado a mi pueblo, a ese pueblo en el que nací y del que hacía días que estaba alejado. He recorrido sus calles y no he visto un alma. Ya casi no vive nadie, y los pocos que permanecen allí todo el año, son esos a los que siempre hemos llamado «los viejos».
La palabra, he de reconocerlo, siempre me ha caído como una losa. En mi pueblo, “los viejos” eran aquellos que se sentaban en el banco de la entrada de casa a tomar el sol o al remanso del frío cierzo que viene de Cervera de Pisuerga; los que caminaban despacio, apoyados en una cachaba o en una vara de avellano que habían cortado en el arroyal, a la bajada del río Carrión... Eran aquellos a los que veía pasar pensando, quizá sin darme cuenta, que la vejez era algo que solo les sucedía a los demás.
He mirado las puertas cerradas, los bancos vacíos y los rincones donde antes siempre había alguien... Sin embargo, he caminado mucho más despacio por mi pueblo al sentir que las rodillas me pedían un pequeño descanso.
Y por primera vez, no solo he pensado solo en los “viejos” que no salen a la solana de la calle, los que faltan… E incluso también he pensado, en el viejo en el que me estoy convirtiendo yo.
La verdad es, que me he afeitado cada mañana delante del espejo y siempre me he visto más o menos igual. Pero hoy me he dado cuenta, de que el espejo me ha estado engañando: uno se acostumbra a su reflejo y no advierte cómo van llegando las arrugas y las canas. Es al apartarme de él y salir a la calle cuando descubro que camino más despacio, que me cuesta agacharme y que busco un asiento, aunque diga que no esté cansado.
Los avisos han ido llegando poco a poco y casi ni me he dado cuenta: esa rodilla que me convierte en el hombre del tiempo de mi pueblo, la espalda que protesta al atarme los cordones cada mañana o la pesadez de las piernas después de ese paseo hasta las cárcavas que dan a la Vega del Carrión...
Y claro, llega ese momento en que no queda más remedio que hacerle una visita al especialista, al que nunca termino de contarle cuánto me duele todo...
—No, si yo estoy bien… Solo me molesta un poco al andar —le digo al médico.
Lo que voy buscando, es solucionar una avería que tenga un arreglo rápido, como si en mi mente estuviera la vieja furgoneta que me acompaña por los duros caminos del pueblo: todavía anda y cumple, aunque lleva demasiados kilómetros y hay que ir de vez en cuando al mecánico... su chasis necesita otros cuidados.
Hoy he empezado a admitirlo. Me da rabia, porque por dentro, sigo siendo el mismo y he seguido haciendo planes… hasta que el cuerpo me ha ido llevando, poco a poco la contraria.
He de reconocer que ser ahora uno de los viejos del pueblo impone... Sobre todo cuando recorro sus calles y recuerdo a quienes ocupaban antes ese lugar. Entonces entiendo mejor sus silencios, su manera de mirar y aquella costumbre de quedarse un rato al sol, sin necesidad de hacer nada más.
Hoy, aunque me cueste decirlo, soy uno de ellos. Y también he de reconocer que uno no puede seguir exigiéndose lo mismo después de tantos años tirando del carro.
Pero hay una certeza que nadie me va a quitar: cada arruga y cada crujido de mis huesos, tienen su historia. Cada paso dado en Valcabadillo, entre el frío del páramo y el calor de tantos veranos, forma parte de esa historia mía, de mi historia...
Y mientras tenga ganas de volver, de recorrer estas calles y de sentarme un rato al sol, seré uno de los viejos del pueblo, sí… pero sigo vivo.
JMGG