LOS NIÑOS QUE UN DÍA FUIMOS
A veces, cuando le echas una mirada atrás... a un pasado que se va alejando en el pasar de los tiempos, tu recuerdo vuelve a ese calendario que marcaba los años 55/60. A esos años en que la guerra civil era un fantasma que oficialmente había desaparecido, pero cuyos ecos seguían resonando densos y pesados en las calles de tierra y canto rodado de Valcabadillo.
En este pequeño pueblo, enclavado en pleno Páramo al norte de la provincia de Palencia donde el silencio cómplice de aquellos años y las miradas huidizas de los mayores, quizás fuera el único testamento de lo que había ocurrido apenas unas décadas atrás, nacimos compartimos y se desarrolló nuestra vida.
Crecimos allí, respirando aquel aire de Cierzo que venía de las montañas de Cervera de Pisuerga, donde el invierno cortaba la cara y el verano abrasaba los campos. Era un ecosistema donde el poder terrenal y el divino se unían en uno solo. La iglesia, un imponente edificio de piedra que contrastaba con las humildes casas de adobe, no solo guiaba las almas, sino que controlaba de manera asfixiante la vida social, e indirectamente, la economía y el pulso diario de nuestro pequeño pueblo como parte de ese medio rural. La moral dictada desde el púlpito era la ley... tanto en lo civil como en lo religioso.
Para nosotros los niños, el ritmo del año no lo marcaban las estaciones, sino el calendario litúrgico. Era impensable concebir un domingo sin asistir a misa mayor, al rosario de cada tarde, e incluso a ayudar como monaguillos a misa matinal cada día de diario; la ausencia se pagaba con el señalamiento de los vecinos y que desde luego, era algo que no te permitian tus padres. Del mismo modo, no existía Cuaresma sin el rito obligatorio de la confesión. Nos alineábamos, pequeños y asustados, escudriñando nuestras conciencias infantiles en busca de pecados lo suficientemente dignos para ser susurrados en la oscuridad del confesionario al cura de turno.
El respeto al párroco, era un temor reverencial, era la norma. Cuando nos cruzábamos por las calles con el cura párroco que siempre llevaba un pequeño libro entre las manos; el breviario le llamaban, nos deteníamos de inmediato. La costumbre, que era ley, exigía que los niños nos acercáramos y besáramos su mano, un gesto automático de sumisión que nos habían grabado a fuego desde que teníamos uso de razón.
La otra gran institución de nuestras vidas era la escuela unitaria, bajo la batuta de la maestra doña Leonisa. Ella nos enseñaba "lo más elemental": las cuatro reglas, escribir sin demasiadas faltas y sobre todo, a ser obedientes. Las mañanas escolares no comenzaban con un saludo cordial, sino con el rito marcial de cantar el Cara al Sol a la entrada del colegio aunque cayeran chuzos de punta, repitiendo versos que no terminábamos de comprender.
La religión volvía una vez más a dictar los tiempos del aula. A las doce del mediodía, el sonido de la campana de la iglesia paralizaba cualquier lección; era el momento de rezar el Ángelus, todos en pie y en silencio... Y como colofón, la jornada escolar siempre terminaba de la misma manera: salíamos por la puerta recitando oraciones.
Aquellos niños que fuimos, aprendimos a sobrevivir habitando una doble realidad: la de la obediencia pública bajando la vista, besando la mano del cura y murmurando el amén, y la de la libertad clandestina, tejida a base de rodillas raspadas y manos manchadas por la tierra que nos daba de comer. En el campo, en nuestro pequeño pueblo, éramos nosotros mismos... sin pecados originales ni culpas heredadas de una guerra que aunque se iba alejando en el pasar de los tiempos, no era nuestra.
Pero lo más revelador de aquella educación que recibíamos en la escuela mixta del pueblo, era lo que se priorizaba en nuestras mentes. Dedicábamos horas a memorizar los libros del Pentateuco, repitiendo las hazañas dictadas por un hipotético Moisés y estudiando la geografía de tierras y mares lejanos de Oriente Medio. Sin embargo, nadie nos enseñaba nuestro propio entorno. Importaba más conocer el Mar Rojo, el río Nilo, el monte Sinaí... que entender por dónde discurría el río Duero, nuestro río principal. Ignorábamos que el cercano Carrión, ese mismo río que podíamos intuir con solo asomarnos a la vega desde los bordes del páramo, era uno de sus afluentes. Nos enseñaron a mirar al cielo y al pasado bíblico... pero nos dejaron ciegos ante la tierra que pisábamos.
YO..
A veces, cuando le echas una mirada atrás... a un pasado que se va alejando en el pasar de los tiempos, tu recuerdo vuelve a ese calendario que marcaba los años 55/60. A esos años en que la guerra civil era un fantasma que oficialmente había desaparecido, pero cuyos ecos seguían resonando densos y pesados en las calles de tierra y canto rodado de Valcabadillo.
En este pequeño pueblo, enclavado en pleno Páramo al norte de la provincia de Palencia donde el silencio cómplice de aquellos años y las miradas huidizas de los mayores, quizás fuera el único testamento de lo que había ocurrido apenas unas décadas atrás, nacimos compartimos y se desarrolló nuestra vida.
Crecimos allí, respirando aquel aire de Cierzo que venía de las montañas de Cervera de Pisuerga, donde el invierno cortaba la cara y el verano abrasaba los campos. Era un ecosistema donde el poder terrenal y el divino se unían en uno solo. La iglesia, un imponente edificio de piedra que contrastaba con las humildes casas de adobe, no solo guiaba las almas, sino que controlaba de manera asfixiante la vida social, e indirectamente, la economía y el pulso diario de nuestro pequeño pueblo como parte de ese medio rural. La moral dictada desde el púlpito era la ley... tanto en lo civil como en lo religioso.
Para nosotros los niños, el ritmo del año no lo marcaban las estaciones, sino el calendario litúrgico. Era impensable concebir un domingo sin asistir a misa mayor, al rosario de cada tarde, e incluso a ayudar como monaguillos a misa matinal cada día de diario; la ausencia se pagaba con el señalamiento de los vecinos y que desde luego, era algo que no te permitian tus padres. Del mismo modo, no existía Cuaresma sin el rito obligatorio de la confesión. Nos alineábamos, pequeños y asustados, escudriñando nuestras conciencias infantiles en busca de pecados lo suficientemente dignos para ser susurrados en la oscuridad del confesionario al cura de turno.
El respeto al párroco, era un temor reverencial, era la norma. Cuando nos cruzábamos por las calles con el cura párroco que siempre llevaba un pequeño libro entre las manos; el breviario le llamaban, nos deteníamos de inmediato. La costumbre, que era ley, exigía que los niños nos acercáramos y besáramos su mano, un gesto automático de sumisión que nos habían grabado a fuego desde que teníamos uso de razón.
La otra gran institución de nuestras vidas era la escuela unitaria, bajo la batuta de la maestra doña Leonisa. Ella nos enseñaba "lo más elemental": las cuatro reglas, escribir sin demasiadas faltas y sobre todo, a ser obedientes. Las mañanas escolares no comenzaban con un saludo cordial, sino con el rito marcial de cantar el Cara al Sol a la entrada del colegio aunque cayeran chuzos de punta, repitiendo versos que no terminábamos de comprender.
La religión volvía una vez más a dictar los tiempos del aula. A las doce del mediodía, el sonido de la campana de la iglesia paralizaba cualquier lección; era el momento de rezar el Ángelus, todos en pie y en silencio... Y como colofón, la jornada escolar siempre terminaba de la misma manera: salíamos por la puerta recitando oraciones.
Aquellos niños que fuimos, aprendimos a sobrevivir habitando una doble realidad: la de la obediencia pública bajando la vista, besando la mano del cura y murmurando el amén, y la de la libertad clandestina, tejida a base de rodillas raspadas y manos manchadas por la tierra que nos daba de comer. En el campo, en nuestro pequeño pueblo, éramos nosotros mismos... sin pecados originales ni culpas heredadas de una guerra que aunque se iba alejando en el pasar de los tiempos, no era nuestra.
Pero lo más revelador de aquella educación que recibíamos en la escuela mixta del pueblo, era lo que se priorizaba en nuestras mentes. Dedicábamos horas a memorizar los libros del Pentateuco, repitiendo las hazañas dictadas por un hipotético Moisés y estudiando la geografía de tierras y mares lejanos de Oriente Medio. Sin embargo, nadie nos enseñaba nuestro propio entorno. Importaba más conocer el Mar Rojo, el río Nilo, el monte Sinaí... que entender por dónde discurría el río Duero, nuestro río principal. Ignorábamos que el cercano Carrión, ese mismo río que podíamos intuir con solo asomarnos a la vega desde los bordes del páramo, era uno de sus afluentes. Nos enseñaron a mirar al cielo y al pasado bíblico... pero nos dejaron ciegos ante la tierra que pisábamos.
YO..