VALCABADILLO: A LOS QUE VOLVÉIS AL PUEBLO EN VERANO...

A LOS QUE VOLVÉIS AL PUEBLO EN VERANO

Escribo estas sencillas líneas para vosotros, los que regresáis cada verano al "pueblin" cargados de maletas y recuerdos, pero también de dudas.
Los que vivimos aquí todo el año sabemos bien que este pueblo fue, en su día, vuestra cuna; el refugio y punto de partida para los que os marchasteis un día, más o menos lejano. Aún recordamos vuestras carreras —pues las compartimos— por aquellas calles polvorientas en verano y llenas de barro en los inviernos de entonces. Recordamos las risas junto a la fuente al recoger el agua con la herradas, o la botija que se rompió antes de llegar a casa y esa forma particular que teníamos de mirar cada rincón, como quien busca un tesoro oculto que, quizás aún hoy no hayamos encontrado...
Entiendo que aquellos años os llevaron lejos. Buscabais oportunidades, aprendizaje y una vida laboral mejor que la exigente y humilde realidad de un pequeño pueblo del medio rural palentino. Nadie juzga la distancia ni lo nuevo que hayáis construido, sea bueno o malo. Los que nos quedamos, aunque no nos alejáramos kilómetros, hemos seguido luchando y honrando el pasado. Hemos sentido y peleado por nuestro pueblo. Al final, quedarse a vivir donde uno nace es, si lo miramos detenidamente, todo un viaje.
Hoy regresáis como portadores de memorias, pero con vosotros llegan también los ecos de la vida moderna. Traéis exigencias y demandas que contrastan con la serenidad que todavía late en el pulso pausado de nuestro entorno.
Reivindicáis una señal de TV que llega... cuando llega. Os quejáis del ruido rural de los tractores y la maquinaria a cualquier hora, o del cansino canto del gallo que os despierta de madrugada. Ese gallo se erige, casi con melancolía, como el protagonista de un pueblo que en ciertas épocas se siente abandonado; su voz es por desgracia, de los pocos vestigios de vida que persisten. Os desespera la cobertura móvil... Tan escasa, que os obliga a subiros a una escalera o al cerro cercano, como si la modernidad se resistiera a penetrar el alma de este lugar.
Volvéis a una vida que apenas ha cambiado en contraste con el frenesí al que estáis acostumbrados. Aquí se sigue amasando despacio, como aquel pan que hacían nuestras abuelas. Utilizáis servicios que no están adaptados a las necesidades de la gran ciudad y que son difíciles de sostener durante el verano.
Quizás estéis pidiendo un pueblo "a la carta", sin pararos a reconocer que el verdadero sabor está en aceptar lo que fue y lo que es hoy. Todo ruido, por fuerte que sea, forma parte de este medio que sale de la monotonía en la que está inmerso casi todo el año. La señal intermitente, el gallo que anuncia el día —y que se apodera del protagonismo porque cada vez quedan menos vecinos para escucharle— o el balido de las ovejas en la calle de la Cuesta... Todo eso, es el latido de un pueblo que se niega a desaparecer.
Quienes estamos aquí todo el año conocemos el coste del día a día: el frío, la escasez, la espera y la soledad del invierno. Pero también la alegría de sentirnos comunidad cuando venís y somos unos pocos más. Por eso, así como nos alegra veros llegar, agradeceríamos que trajerais también respeto y escucha. Este pueblo, el pueblo donde nacisteis no es el escenario de una película; es un hogar vivo.
Reconoced que ser de aquí es más que venir de visita. Es cuidar, comprender y quedarse un poco con lo que hay, aunque sea solo en el corazón. No olvidéis nunca que las raíces se cultivan con humildad y cariño. Aquí siempre seréis bienvenidos, siempre que vengáis dispuestos a mirar de verdad.
Si no podéis soportar esta realidad, estáis en el lugar equivocado. Pero si sois capaces de abrazarla, encontraréis aquí una cálida bienvenida, paz espiritual y, sobre todo, la mano tendida de vuestros vecinos.

JMGG