“ EL LATIDO DEL RECUERDO”
A veces, me gusta pasear por el pueblo donde nací y recorrer sus caminos, sus campos, las majadas de roble de la Matilla, Valdecelasco, Valdemejo... Buscando, quizás sin conseguirlo, el eco de las conversaciones y las risas de aquellos vecinos que escavaban sus patatas, sus fréjoles, las hortalizas de cada huerto, en el valle de las fuentes que hoy ya no suenan.
El recuerdo, de aquellos hombres y mujeres que se afanaban en darle vida a sus huertos cada primavera/verano con el agua de las charcas de Valdemejo o de la poza de la Fragua, a esas lechugas que sembraron a últimos de abril... Unas verduras que cuidaban con el mimo de una madre, pues iban a ser la base culinaria de cada comida del mediodía o la cena de cada anochecer.
Hoy, ya no se oyen las voces y los cánticos de esos hombres y mujeres que, con un “rebojo” de pan mojado en el ácido vino del valle de las viñas y un racimo de uvas, apechaban con todo lo que se les pusiera por delante regando la tierra con el sudor de su frente... Siempre se dijo aquel refrán tan verdadero de “ con pan y vino se anda el camino”...
... Hoy, todo ha cambiado y solo se oye el balido de las ovejas de Miguelín o el ladrido de los perros mastines tras un corzo que se empeñó en comerse las cebollas y los puerros de dos medio hortelanos del pueblo que aún tiene valor y ganas para seguir una tradición heredada, o la conversación de un vecino con dos pequeños perros que le siguen... Es triste, pero muy real... Es la realidad de un medio rural que se ha quedado sin personas... Sin casi nadie con quien entablar una conversación y al final, tienen que ser dos pequeños perros los que te escuchen. Claro que lo más curioso sería, que un día los cánidos contestasen...
A poco que te esfuerces y urgues en tu ya avejada cabeza, no puedes por menos de, valorando lo presente pues hay que adaptarse a la realidad, recordar a esos hombres y mujeres que hilaron la vida del pueblo de Valcabadillo y de todos los que hoy forman el medio rural palentino, con la misma paciencia con la que el sol madura el trigo, centeno y avena de sus campos cada verano.
En ese físico y a veces, imaginario paseo por Valdemejo, las laderas de los Colmenares, del roble de la Cigüeña... y a poco que te esfuerces, aun puedes ver al tío Jacinto con la zamarra y los bragos regresar con las ovejas al corral o del señor Simplicio montado en la burra dándole besos a ese cigarro del que nunca se separaba.
En los rincones de cada calle, en la sombra de sus casas, aún se puede oír el eco de aquellos niños que corrían por las calles o jugaban al escondite y que hoy... o el destino les hizo vivir en lugares lo más dispares, lejos de donde nacieron, o son ya muy mayores y sus rodillas no están ya para muchas carreras.
En el calor agonizante de la hornacha de cada casa, donde padres e hijos compartían las ascuas de los troncos cortados en la Matilla o Valdecelasco, hoy solo el recuerdo y la nostalgia chisporrotean...
... La vieja radio donde se escuchaban los seriales de Matilde Perico Y Periquín, las crónicas del Padre Damián o el consultorio de Elena Francis... ha perdido su voz y solo es un mueble más que cual santo de la iglesia parroquial, sigue acumulando polvo y quizás añorando esas voces de antaño que forman ya parte del recuerdo.
A las solanas de calles antes concurridas, solo les queda el banco semidestrozado por el paso del tiempo y no es por culpa del astro rey... El sol, sigue acudiendo a su cita cada atardecer cuando el cierzo sopla y se agradece arrimarse a las cálidas paredes de adobe. Sigue fiel cada día, buscando en vano aquellos hombros encorvados de unas personas sin estudios, pero sabios... Hombres y mujeres que, desde siempre, basaban sus predicciones en el calendario Zaragozano y en la vida vivida, y que hoy ya no están.
Sus risas, contando batallas que el tiempo ha convertido en leyenda, ya no se escuchan. Allí, se hablaba de la siega, del dolor de riñones que te doblaban la espalda al segar las laderas del Pregonero, de Velilla, de Valdecarrín, de Valcabado... De aquellas imponentes morenas de mies, que se hacían en el pago de Abajo, las Nuevas o en los hondones de Rozas... De la trilla con las vacas o mulas... La bielda a zancada, o un poco más tarde y con la llegada de la modernidad, con el motor de marca Campeón Fita o Piva...
Esos ratos que recordaban aquel pedrisco cruel que se paseó por el pago de abajo a últimos de junio y, en un suspiro, les arrebató el pan nuestro de cada día que diría el cura párroco del pueblo en sus homilías dominicales... Aquellas nevadas, que clausuraban el pueblo durante tres días, y te confinaban a la lumbre de las hornachas de cada cocina intentando calentar unos ateridos cuerpos. Una hornacha, que te abrasaba la cara y te helaba la espalda pues no conseguía mitigar el fría que se colaba por las mal ajustadas puertas y que daban pie a charla durante otros tres inviernos más...
Esas largas y a veces, exageradas conversaciones, donde los más mayores contaban a los jovencitos que los escuchaban con envidia, sus batallas de mozos y estos, con cierta sorna y sentido del humor les decían: ”tengo ganas de llegar a viejo para contar hablidades".
... Y ahora, que somos nosotros esos viejos de la historia pasada en este presente, caminamos como nidos de recuerdos, paseando cuerpos maltrechos por calles que en su día corrimos más veloces que el viento de cierzo y que están vacías, cuando antes desbordaban vida. Hoy, nos sentamos al sol... Ese astro rey que fiel todavía, nos acaricia con la ternura de una madre... Y, con las prisas de la vida que poco a poco se van muriendo, desenredamos la madeja infinita de la memoria. Hablamos poco. A veces, el silencio es el único que nos escucha.
Sin embargo, en el teatro de nuestra mente, aún siguen vibrando los recuerdos de bodas, las fiestas del Corpus, de San Isidro, el vino derramado o... aquel cohete que tiró un vecino y medio rompió la ventana del teleclub... El sonido de pandereta primero y ese otro ya más moderno del vinilo donde sonaban las canciones de Manolo Escobar los Puntos, los diablos o Mari Trini...
Sin embargo y a pesar de lo negativo, y aunque cada vez más lento, aún sigue respirando esta tierra... Permanece intacta la huella, de quienes fueron pan, surco y, como no... plegaria en la iglesia parroquial bajo la batuta del cura de turno, que hasta cierto forma, les marcaba las pautas de como habían de vivir si querían entrar en ese ansiado Cielo que siempre les pintaron como algo idílico. En el pueblo siempre se dijo que, “lo que decía el cura iba a misa...”
Hoy el tiempo, los años, inexorablemente han ido pasando, pero la tierra sigue respirando. Sigue, aunque débil, su latido bajo el cielo inmenso. En cada rincón, aún arde la huella de quienes fueron pan, surco y plegaria en la iglesia parroquial.
Caminamos despacio, sí, pero nuestros ojos todavía proyectan la imagen de aquel pueblo de nuestra niñez al que creíamos eterno cuando era aunque pequeño, ruidoso... En nuestros oídos, resuenan nombres de personas más o menos jóvenes que ya casi ni sabemos pronunciar...
Quedamos pocos... Estamos casi solos, quizá olvidados, pero seguimos ahí viendo pasar el tiempo tras nuestros ojos... Pero, mientras un solo pecho aliente en este páramo... Mientras una sola persona luche por mantener sus calles limpias, sus jardines floridos no solo viviremos de recuerdos...
La historia de Valcabadillo, jamás se apagará... La campana de la torre seguirá tañendo su música de bronce aunque solo sea cuando asistimos a un funeral o en la procesión del Corpus, la fiesta mayor del pueblo... A pesar de todo, nuestra memoria seguirá siendo humo de esa lumbre que resiste a apagarse...
Es evidente, que la vida pasa y los años, nos han caído y nos seguirán irán cayendo... E incluso hay que ser conscientes de que llegará el día, en que solo una cruz sencilla o una lápida gris nos nombre en el cementerio junto a la iglesia, esperando una resurrección prometida que se va alargando en el pasar de los tiempos... Allí, cada inscripción guardará una historia, un universo entero... Pero si no lo recordamos, si no lo escribimos hoy... Si no dejamos estas palabras grabadas en el alma de los que vienen, el olvido ganará la última batalla...
Por eso contamos. Por eso recordamos. Porque Valcabadillo es y será recordado... Mientras nosotros seamos.
JMGG
A veces, me gusta pasear por el pueblo donde nací y recorrer sus caminos, sus campos, las majadas de roble de la Matilla, Valdecelasco, Valdemejo... Buscando, quizás sin conseguirlo, el eco de las conversaciones y las risas de aquellos vecinos que escavaban sus patatas, sus fréjoles, las hortalizas de cada huerto, en el valle de las fuentes que hoy ya no suenan.
El recuerdo, de aquellos hombres y mujeres que se afanaban en darle vida a sus huertos cada primavera/verano con el agua de las charcas de Valdemejo o de la poza de la Fragua, a esas lechugas que sembraron a últimos de abril... Unas verduras que cuidaban con el mimo de una madre, pues iban a ser la base culinaria de cada comida del mediodía o la cena de cada anochecer.
Hoy, ya no se oyen las voces y los cánticos de esos hombres y mujeres que, con un “rebojo” de pan mojado en el ácido vino del valle de las viñas y un racimo de uvas, apechaban con todo lo que se les pusiera por delante regando la tierra con el sudor de su frente... Siempre se dijo aquel refrán tan verdadero de “ con pan y vino se anda el camino”...
... Hoy, todo ha cambiado y solo se oye el balido de las ovejas de Miguelín o el ladrido de los perros mastines tras un corzo que se empeñó en comerse las cebollas y los puerros de dos medio hortelanos del pueblo que aún tiene valor y ganas para seguir una tradición heredada, o la conversación de un vecino con dos pequeños perros que le siguen... Es triste, pero muy real... Es la realidad de un medio rural que se ha quedado sin personas... Sin casi nadie con quien entablar una conversación y al final, tienen que ser dos pequeños perros los que te escuchen. Claro que lo más curioso sería, que un día los cánidos contestasen...
A poco que te esfuerces y urgues en tu ya avejada cabeza, no puedes por menos de, valorando lo presente pues hay que adaptarse a la realidad, recordar a esos hombres y mujeres que hilaron la vida del pueblo de Valcabadillo y de todos los que hoy forman el medio rural palentino, con la misma paciencia con la que el sol madura el trigo, centeno y avena de sus campos cada verano.
En ese físico y a veces, imaginario paseo por Valdemejo, las laderas de los Colmenares, del roble de la Cigüeña... y a poco que te esfuerces, aun puedes ver al tío Jacinto con la zamarra y los bragos regresar con las ovejas al corral o del señor Simplicio montado en la burra dándole besos a ese cigarro del que nunca se separaba.
En los rincones de cada calle, en la sombra de sus casas, aún se puede oír el eco de aquellos niños que corrían por las calles o jugaban al escondite y que hoy... o el destino les hizo vivir en lugares lo más dispares, lejos de donde nacieron, o son ya muy mayores y sus rodillas no están ya para muchas carreras.
En el calor agonizante de la hornacha de cada casa, donde padres e hijos compartían las ascuas de los troncos cortados en la Matilla o Valdecelasco, hoy solo el recuerdo y la nostalgia chisporrotean...
... La vieja radio donde se escuchaban los seriales de Matilde Perico Y Periquín, las crónicas del Padre Damián o el consultorio de Elena Francis... ha perdido su voz y solo es un mueble más que cual santo de la iglesia parroquial, sigue acumulando polvo y quizás añorando esas voces de antaño que forman ya parte del recuerdo.
A las solanas de calles antes concurridas, solo les queda el banco semidestrozado por el paso del tiempo y no es por culpa del astro rey... El sol, sigue acudiendo a su cita cada atardecer cuando el cierzo sopla y se agradece arrimarse a las cálidas paredes de adobe. Sigue fiel cada día, buscando en vano aquellos hombros encorvados de unas personas sin estudios, pero sabios... Hombres y mujeres que, desde siempre, basaban sus predicciones en el calendario Zaragozano y en la vida vivida, y que hoy ya no están.
Sus risas, contando batallas que el tiempo ha convertido en leyenda, ya no se escuchan. Allí, se hablaba de la siega, del dolor de riñones que te doblaban la espalda al segar las laderas del Pregonero, de Velilla, de Valdecarrín, de Valcabado... De aquellas imponentes morenas de mies, que se hacían en el pago de Abajo, las Nuevas o en los hondones de Rozas... De la trilla con las vacas o mulas... La bielda a zancada, o un poco más tarde y con la llegada de la modernidad, con el motor de marca Campeón Fita o Piva...
Esos ratos que recordaban aquel pedrisco cruel que se paseó por el pago de abajo a últimos de junio y, en un suspiro, les arrebató el pan nuestro de cada día que diría el cura párroco del pueblo en sus homilías dominicales... Aquellas nevadas, que clausuraban el pueblo durante tres días, y te confinaban a la lumbre de las hornachas de cada cocina intentando calentar unos ateridos cuerpos. Una hornacha, que te abrasaba la cara y te helaba la espalda pues no conseguía mitigar el fría que se colaba por las mal ajustadas puertas y que daban pie a charla durante otros tres inviernos más...
Esas largas y a veces, exageradas conversaciones, donde los más mayores contaban a los jovencitos que los escuchaban con envidia, sus batallas de mozos y estos, con cierta sorna y sentido del humor les decían: ”tengo ganas de llegar a viejo para contar hablidades".
... Y ahora, que somos nosotros esos viejos de la historia pasada en este presente, caminamos como nidos de recuerdos, paseando cuerpos maltrechos por calles que en su día corrimos más veloces que el viento de cierzo y que están vacías, cuando antes desbordaban vida. Hoy, nos sentamos al sol... Ese astro rey que fiel todavía, nos acaricia con la ternura de una madre... Y, con las prisas de la vida que poco a poco se van muriendo, desenredamos la madeja infinita de la memoria. Hablamos poco. A veces, el silencio es el único que nos escucha.
Sin embargo, en el teatro de nuestra mente, aún siguen vibrando los recuerdos de bodas, las fiestas del Corpus, de San Isidro, el vino derramado o... aquel cohete que tiró un vecino y medio rompió la ventana del teleclub... El sonido de pandereta primero y ese otro ya más moderno del vinilo donde sonaban las canciones de Manolo Escobar los Puntos, los diablos o Mari Trini...
Sin embargo y a pesar de lo negativo, y aunque cada vez más lento, aún sigue respirando esta tierra... Permanece intacta la huella, de quienes fueron pan, surco y, como no... plegaria en la iglesia parroquial bajo la batuta del cura de turno, que hasta cierto forma, les marcaba las pautas de como habían de vivir si querían entrar en ese ansiado Cielo que siempre les pintaron como algo idílico. En el pueblo siempre se dijo que, “lo que decía el cura iba a misa...”
Hoy el tiempo, los años, inexorablemente han ido pasando, pero la tierra sigue respirando. Sigue, aunque débil, su latido bajo el cielo inmenso. En cada rincón, aún arde la huella de quienes fueron pan, surco y plegaria en la iglesia parroquial.
Caminamos despacio, sí, pero nuestros ojos todavía proyectan la imagen de aquel pueblo de nuestra niñez al que creíamos eterno cuando era aunque pequeño, ruidoso... En nuestros oídos, resuenan nombres de personas más o menos jóvenes que ya casi ni sabemos pronunciar...
Quedamos pocos... Estamos casi solos, quizá olvidados, pero seguimos ahí viendo pasar el tiempo tras nuestros ojos... Pero, mientras un solo pecho aliente en este páramo... Mientras una sola persona luche por mantener sus calles limpias, sus jardines floridos no solo viviremos de recuerdos...
La historia de Valcabadillo, jamás se apagará... La campana de la torre seguirá tañendo su música de bronce aunque solo sea cuando asistimos a un funeral o en la procesión del Corpus, la fiesta mayor del pueblo... A pesar de todo, nuestra memoria seguirá siendo humo de esa lumbre que resiste a apagarse...
Es evidente, que la vida pasa y los años, nos han caído y nos seguirán irán cayendo... E incluso hay que ser conscientes de que llegará el día, en que solo una cruz sencilla o una lápida gris nos nombre en el cementerio junto a la iglesia, esperando una resurrección prometida que se va alargando en el pasar de los tiempos... Allí, cada inscripción guardará una historia, un universo entero... Pero si no lo recordamos, si no lo escribimos hoy... Si no dejamos estas palabras grabadas en el alma de los que vienen, el olvido ganará la última batalla...
Por eso contamos. Por eso recordamos. Porque Valcabadillo es y será recordado... Mientras nosotros seamos.
JMGG