VALCABADILLO: MIS RECUERDOS...

MIS RECUERDOS

En ese afán mío de volver la mirada al pasado, a esos recuerdos que aún bullen en mí ya avejada cabeza, me vienen a la memoria los lejanos días de mi/ nuestra infancia, en la que, evidentemente, hubo un poco de todo.

Esos recuerdos que nunca pasan de moda, que te retrotraen a un ayer que se va alejando con el paso del tiempo, pero que sigue latente en la mente de cada uno de los habitantes del pueblo de Valcabadillo.... Ese pequeño punto semiperdido en el mapa del medio rural palentino.

Son esos momentos, que te devuelven a los años de tu infancia, de la escuela mixta, donde se mezclaban: niños, niñas, cursos y edades… E incluso, alguna mocita que ya empezaba a marcar su feminidad y soñaba con horizontes más allá de la linde... Vamos de lo estipulado por las normas de aquellos ya lejanos y difíciles tiempos.

El ritual diario no dejaba lugar a la improvisación. Antes de entrar al aula, con el frío mordiéndonos las manos, se formaba en silencio para cantar el "Cara al Sol". Lo hacíamos con la solemnidad impuesta, como si en aquel himno nos fuera la vida o la salvación, mientras nuestra mirada infantil se escapaba hacia los campos, esperando las cinco de la tarde en que, por fin, terminara la doctrina y empezara la verdadera vida en las calles de adobe y canto rodado.

Desde aquella amplia habitación donde el frío se colaba por las mal ajustadas ventanas —y que llamábamos escuela— veíamos pasar el tiempo enfrascados en las lecciones de la maestra "Leonisa", que nos enseñaba lo poco que a ella misma le habían enseñado en unos tiempos donde lo que más primaba, era la religión impuesta por el cura de turno y unas normas políticas propias de la posguerra en la que aún estábamos inmersos y que ella seguía, e imponía seguir al pie dela letra.

Eran lecciones de vida, donde importaba más saberse de memoria los mandamientos de la ley de un Dios Todopoderoso, que por dónde pasaba el Duero, o dónde nacía el Carrión. Si, aquel río, que discurría a pocos metros de nuestro pueblo, por la vega que se divisaba desde donde terminaba el pago de la Navilla y comenzaba la cárcava.... Eran lecciones, que había que seguir, como si en ello se nos fuera algo más que la voz infantil pues era el deber, la obediencia, la inocencia misma.

... Aquellas canciones que resonaban entre las paredes de la escuela, cubiertas de mapas, con las fotos de Franco y José Antonio vigilando desde arriba y un gran crucifijo en el centro... Afuera, la escarcha tardía blanqueaba las eras de abajo, y el humo de la glorieta, donde ardían la paja y la leña que traíamos los alumnos, subía en columnas lentas sobre los tejados helados.

Cuando terminaban los rezos y los cantos, cada uno volvía: a las lecciones de la enciclopedia Álvarez, a su pizarra y pizarrín, a su cuaderno de hojas amarillentas, a copiar con paciencia los dictados de la maestra "Leonisa". Su voz, grave y firme, llenaba la sala y aquella vara con la que señalaba los puntos cardinales del mapa, también servía a veces, para recordarnos en qué punto del mundo estábamos nosotros.

Aun así, entre aquellas paredes frías, entre unas normas tanto religiosas como políticas marcadas, aprendimos más de lo que los libros decían... Aprendimos la dignidad del esfuerzo, el respeto a los mayores, la necesidad de compartir el pan o el abrigo... Había una pobreza silenciosa, mitigada por la leche en polvo de cada recreo... Pero también una alegría profunda que nacía de lo sencillo... Del recreo resbalando por los hielos de la Pozona, del juego improvisado con una pelota vieja con porterías marcadas por dos piedras en las eras de abajo... Del eco de las risas de las niñas jugando a la comba...

Ahora, al recordarlo, entiendo que en esas pequeñas rutinas estaba encerrada una forma de vivir que el tiempo se ha llevado. Pero me gusta pensar que, en el fondo, algo de aquella escuela, de la maestra "Leonisa", de los compañeros que el destino dispersó, sigue todavía en nosotros, como una semilla que el viento del olvido no ha podido borrar del todo
JMGG