HOMENAJE A LAS MUJERES DE “VALCABADILLO”
En ese mi afán por desandar el tiempo y rescatar los ecos de ese ayer por el que hemos pasado, regresan a mí las figuras de aquellas mujeres, de aquellas madres de mi pueblo Valcabadillo.
Vuelvo a ser ese niño que observa por las rendijas del pasado, para rendir justicia a esas madres y esposas que transitaron la vida envueltas en un luto riguroso propio de la época y una dignidad hecha a prueba de golpes y sacrificios.
Vuelvo, aunque de forma imaginaria, a ver esas manos que hablaban más que sus voces... Manos curtidas por el agua helada de la poza de lavar donde, sobre un sencillo trozo de madera, se afanaban en volver a su estado más o menos original esa ropa utilizada durante quince días, en el valle de las fuentes desafiando al hielo, a la lluvia y al abrasador sol del verano...
Manos que, cada quince días, transformaban la harina racionada de aquellos ya lejanos tiempos en las horneras de cada casa, en algo que ellas solo sabían hacer... Un harina que siempre dependía, de cómo había sido la cosecha del trigo en las tierras del Pregonero, Velilla o Valdecarrín... Y que luego, molido en el molino del Tío Alejandro de Barrios, permitiría hacer el pan nuestro de cada día que diría el cura párroco en la plática de la misa dominical con promesas que, aunque quizás más espirituales que reales, alimentaban la esperanza de unos tiempos mejores.
Manos que zurcían los calcetines, con una bombilla que se fundió... Que le daban la vuelta a los cuellos de las camisas ya semirotos por la cantidad de lavados... Que le ponían un trozo más a esas sabanas, bajera o encimera, hasta que la tela se convertía en un mapa de remiendos... Un trazado, tan complicado y con tantas formas y figuras, que bien podía tener cierta similitud con los planos que el ingeniero de la concentración parcelaria expondría años después, en las paredes de la escuela.
Mientras los hombres trabajaban el campo o buscaban jornal ellas, eran los pilares invisibles que sostenían el peso entero de la casa en una sociedad donde el hombre, siempre fue el pilar visible que marcaba las pautas y que casi obligatoriamente habían de seguir.
Eran tiempos de posguerra... De recuerdos de algo pasado que, aunque se iban alejando en el pasar de los años, eran un eco repetitivo que seguía circulando por sus calles, por los aleros de los tejados de sus casas, por las troneras de la torre de la iglesia parroquial que, cuyo edificio y lo que representaba en el pueblo de Valcabadillo, de alguna forma marcaba las pautas y formaba parte de la vida de sus habitantes...
Las habían educado así... La sociedad de aquel entonces, las quería discretas, sumisas, silenciosas... Las formaron, para ser "ángeles del hogar". Pero en la Castilla de la escasez, y en la amplia llanura donde se ubicaba el pueblo de Valcabadillo, el hogar no era un refugio de seda, sino un imaginario campo de batalla. No había espacio para la delicadeza decorativa, ni sesiones de peluquería; había que sobrevivir.
"Hoy, al mirar hacia atrás, comprendo que aquellas mujeres vestidas de negro y con velo de ir a la iglesia sobre la cabeza, no solo caminaban por las calles polvorientas de Valcabadillo; estaban labrando, sin saberlo, el camino de libertad de las generaciones venideras.
Su legado, no fue de: herencias interminables, ni muchos ceros en la cartilla del banco, sino una lección de resistencia grabada en la memoria de cada uno de sus habitantes... Algo tan real, como el barro de las calles que recorrían con albarcas, del frío del invierno que se colaba por las ventanas de sus humildes viviendas...
Hoy, y desde estas lineas, vaya este sencillo “homenaje” a su silencio inmenso, a su fuerza de roca y a esa luz humilde con la que iluminaron los años más oscuros de nuestra historia. Porque aunque el tiempo pase, el eco de sus pasos, de su labor callada y de las horas junto a la poza de lavar en el Valle de las Fuentes, sigue y seguirá siendo el latido que mantiene vivo el corazón de nuestro pueblo."
JMGG
En ese mi afán por desandar el tiempo y rescatar los ecos de ese ayer por el que hemos pasado, regresan a mí las figuras de aquellas mujeres, de aquellas madres de mi pueblo Valcabadillo.
Vuelvo a ser ese niño que observa por las rendijas del pasado, para rendir justicia a esas madres y esposas que transitaron la vida envueltas en un luto riguroso propio de la época y una dignidad hecha a prueba de golpes y sacrificios.
Vuelvo, aunque de forma imaginaria, a ver esas manos que hablaban más que sus voces... Manos curtidas por el agua helada de la poza de lavar donde, sobre un sencillo trozo de madera, se afanaban en volver a su estado más o menos original esa ropa utilizada durante quince días, en el valle de las fuentes desafiando al hielo, a la lluvia y al abrasador sol del verano...
Manos que, cada quince días, transformaban la harina racionada de aquellos ya lejanos tiempos en las horneras de cada casa, en algo que ellas solo sabían hacer... Un harina que siempre dependía, de cómo había sido la cosecha del trigo en las tierras del Pregonero, Velilla o Valdecarrín... Y que luego, molido en el molino del Tío Alejandro de Barrios, permitiría hacer el pan nuestro de cada día que diría el cura párroco en la plática de la misa dominical con promesas que, aunque quizás más espirituales que reales, alimentaban la esperanza de unos tiempos mejores.
Manos que zurcían los calcetines, con una bombilla que se fundió... Que le daban la vuelta a los cuellos de las camisas ya semirotos por la cantidad de lavados... Que le ponían un trozo más a esas sabanas, bajera o encimera, hasta que la tela se convertía en un mapa de remiendos... Un trazado, tan complicado y con tantas formas y figuras, que bien podía tener cierta similitud con los planos que el ingeniero de la concentración parcelaria expondría años después, en las paredes de la escuela.
Mientras los hombres trabajaban el campo o buscaban jornal ellas, eran los pilares invisibles que sostenían el peso entero de la casa en una sociedad donde el hombre, siempre fue el pilar visible que marcaba las pautas y que casi obligatoriamente habían de seguir.
Eran tiempos de posguerra... De recuerdos de algo pasado que, aunque se iban alejando en el pasar de los años, eran un eco repetitivo que seguía circulando por sus calles, por los aleros de los tejados de sus casas, por las troneras de la torre de la iglesia parroquial que, cuyo edificio y lo que representaba en el pueblo de Valcabadillo, de alguna forma marcaba las pautas y formaba parte de la vida de sus habitantes...
Las habían educado así... La sociedad de aquel entonces, las quería discretas, sumisas, silenciosas... Las formaron, para ser "ángeles del hogar". Pero en la Castilla de la escasez, y en la amplia llanura donde se ubicaba el pueblo de Valcabadillo, el hogar no era un refugio de seda, sino un imaginario campo de batalla. No había espacio para la delicadeza decorativa, ni sesiones de peluquería; había que sobrevivir.
"Hoy, al mirar hacia atrás, comprendo que aquellas mujeres vestidas de negro y con velo de ir a la iglesia sobre la cabeza, no solo caminaban por las calles polvorientas de Valcabadillo; estaban labrando, sin saberlo, el camino de libertad de las generaciones venideras.
Su legado, no fue de: herencias interminables, ni muchos ceros en la cartilla del banco, sino una lección de resistencia grabada en la memoria de cada uno de sus habitantes... Algo tan real, como el barro de las calles que recorrían con albarcas, del frío del invierno que se colaba por las ventanas de sus humildes viviendas...
Hoy, y desde estas lineas, vaya este sencillo “homenaje” a su silencio inmenso, a su fuerza de roca y a esa luz humilde con la que iluminaron los años más oscuros de nuestra historia. Porque aunque el tiempo pase, el eco de sus pasos, de su labor callada y de las horas junto a la poza de lavar en el Valle de las Fuentes, sigue y seguirá siendo el latido que mantiene vivo el corazón de nuestro pueblo."
JMGG