Sentada sobre una piedra del Cascariello, observa su pueblo invadido por la quietud y el silencio roto sólo por el rumor del río menguado y perezoso de final de verano. Las casas apiñadas se ven cerradas y silenciosas. Se fija con atención en la de M. que a ella de niña le parecía un palacio, tiene los postigos cerrados, las persianas bajadas y el jardín reseco. Y el silenci. El silencio invasor en lucha con los sonidos que ella guarda en su memoria y que tanto echa de menos. Echa de menos el sonido ... (ver texto completo)