QUINTANILLA DE BABIA: Surcó la sombra del águila las praderas del puerto...

Surcó la sombra del águila las praderas del puerto y se estremecierón las yeguas que abrevaban en los derrames del manantial. Un sol teñido apuraba el mediodía con esos resplandores que vaticinan el tránsito de la estación: la mano del estío rozando la mano del otoño. Se había esparcido la manada por el campar, como disuelta en el sosiego de su libertad silvestre.

Guarecidos en una peña de la ladera, atentos a la estampa de cada ejemplar, subyugados por las bellas figuras rojizas y trigueñas de atezadas crines, observaban los dos hombres a los caballos que pastaban.
-Vos debéis ya elegir-dijo el hombre de la barba rubia. quitandose el casco y limpiándose la frente.
-Todos son hermosos, bien cierto es. Pero mi señor busca un corcel que rompa el viento y se enfrente a la tempestad. De tal casta.
-Son ya más de treinta jornadas por estos predios. Todo lo que haya que ver ya lo hemos visto. Tal corcel no existe.
El hombre de la barba cana se incorporó pensativo, enfundando la espada.
-Y el potro blanco del que hablan los pastores?
-Nunca hubo un potro blanco por estos predios. Los pastores sueñan.
Bien está-dijo el hombre de la barba cana-. Regresaréis a la corte con los hombres de la mesnada mañana mismo. Yo seguiré buscando.
-Mirad aquel de la frente estrellada, o ese que pastaa junto al arroyo, ¿pensáis que puede hallarse algo mejor?
-Sé que lo que mi señor desea es el corcel de un sueño.
-Pues solo en un sueño habréis de hallarlo.
Relinchó unos de los potros en la pradera y saltaron las yeguas nerviosas buscando la unión de la manada. Como un vértigo de crines y grupas brillantes se fueron hacia las frondas, tronando el galope en el silencio del puerto.