–canción popular–
Los reyes leoneses se iban a los parajes babianos a cazar y gozar de los encantos que la naturaleza prodigó por estas tierras embrujadas.
Tierra arcádica y pastoril, placentera y bien abastada, bien comunicada, hidalga y leal al rey, donde los Ordoños, los Ramiros, los Alfonsos y Fernandos huían a Babia para cazar jabalíes y los osos, evadiéndose de las intrigas y ambiciones de nobles y prelados.
Estar en Babia, cuando todavía los Lunas no habían fijado allí su puesto de mando para expoliar el país; "estar en Babia" era despreocuparse de todo, era el relax en la vida ordinaria. "Estar en Babia", ha pasado a ser un tópico lingüístico de significado cargado de ensimismamiento.
En la excursión a Babia se marcan tres hitos marianos, que señalan tres jornadas de andadura, que disponían de hospedaje: el Camposagrado famoso, la Virgen de la Pruneda en Rabanal de Luna, y Carrasconte, el famoso monasterio cercano a Piedrafita de Babia.
Subir a los puertos babianos, al enclave leonés de la trashumancia es como rendir culto al pastor, como se hace todos los otoños, con su fiesta típica y variada con nombramiento de "Pastor Mayor" a un leonés de pro.
Sus bailes, sus recitales, sus tambores y panderos cuadrados, sus cintas, sus pellicos y almireces. Y a probar la caldereta.
Y los pastores celebran su misa en la fiesta, y bailan la garrucha; cuando el mozo engancha a la moza por la cintura y la atrae hacia sí, con algún respingo, a veces.
Y luego recitan el romance; cuando Pedro de Alba quiere matar al faisán que se hallaba cantando en el éxtasis del amor. Pero la moza detiene su brazo, y no deja que Pedro de Alba consume el tiro certero, "porque no debe morir quien así ama".
O el otro romance pastoril de La Loba Parda:
Estando yo en la mi choza
pintando la mi cayada,
las cabrillas altas iban
y la luna rebajada.
Ya barruntan los mastines
los lobos en la majada.
Vide venir siete lobos
por una oscura cañada,
venían echando suertes
quién entrara en la majada.
Le tocó a una loba vieja,
patituerta, cana y parda,
que tenía los colmillos
como puntas de navaja.
Dio tres vueltas al redil
y no pudo sacar nada,
la última vuelta que dio
sacó la borrega Blanca,
hija de la oveja Churra,
nieta de la Orejisana,
la que tenía mis amos
para el domingo de Pascua.
Aquí, mis siete cachorros;
aquí, perra Trujullana;
aquí, perro de los Fierros,
a cobrar La Loba Parda.
Si me cobráis la borrega
cenaréis leche y hogaza,
y si no me la cobráis
cenaréis de mi cayada.
Los perros tras de la loba,
las uñas desmigajaban,
siete leguas la corrieron
por unas tierras muy agrias.
Al subir un cotarrito
la loba ya iba cansada.
Tomad, perros, la borrega
sana y buena como estaba.
No queremos la borrega
de tu boca alobadada,
queremos tu pelleja
pa el pastor una zamarra;
el rabo para correas
pa que se ate las bragas,
de la cabeza un zurrón
para meter las cucharas;
las tripas para vihuelas
para que bailen las damas
Los reyes leoneses se iban a los parajes babianos a cazar y gozar de los encantos que la naturaleza prodigó por estas tierras embrujadas.
Tierra arcádica y pastoril, placentera y bien abastada, bien comunicada, hidalga y leal al rey, donde los Ordoños, los Ramiros, los Alfonsos y Fernandos huían a Babia para cazar jabalíes y los osos, evadiéndose de las intrigas y ambiciones de nobles y prelados.
Estar en Babia, cuando todavía los Lunas no habían fijado allí su puesto de mando para expoliar el país; "estar en Babia" era despreocuparse de todo, era el relax en la vida ordinaria. "Estar en Babia", ha pasado a ser un tópico lingüístico de significado cargado de ensimismamiento.
En la excursión a Babia se marcan tres hitos marianos, que señalan tres jornadas de andadura, que disponían de hospedaje: el Camposagrado famoso, la Virgen de la Pruneda en Rabanal de Luna, y Carrasconte, el famoso monasterio cercano a Piedrafita de Babia.
Subir a los puertos babianos, al enclave leonés de la trashumancia es como rendir culto al pastor, como se hace todos los otoños, con su fiesta típica y variada con nombramiento de "Pastor Mayor" a un leonés de pro.
Sus bailes, sus recitales, sus tambores y panderos cuadrados, sus cintas, sus pellicos y almireces. Y a probar la caldereta.
Y los pastores celebran su misa en la fiesta, y bailan la garrucha; cuando el mozo engancha a la moza por la cintura y la atrae hacia sí, con algún respingo, a veces.
Y luego recitan el romance; cuando Pedro de Alba quiere matar al faisán que se hallaba cantando en el éxtasis del amor. Pero la moza detiene su brazo, y no deja que Pedro de Alba consume el tiro certero, "porque no debe morir quien así ama".
O el otro romance pastoril de La Loba Parda:
Estando yo en la mi choza
pintando la mi cayada,
las cabrillas altas iban
y la luna rebajada.
Ya barruntan los mastines
los lobos en la majada.
Vide venir siete lobos
por una oscura cañada,
venían echando suertes
quién entrara en la majada.
Le tocó a una loba vieja,
patituerta, cana y parda,
que tenía los colmillos
como puntas de navaja.
Dio tres vueltas al redil
y no pudo sacar nada,
la última vuelta que dio
sacó la borrega Blanca,
hija de la oveja Churra,
nieta de la Orejisana,
la que tenía mis amos
para el domingo de Pascua.
Aquí, mis siete cachorros;
aquí, perra Trujullana;
aquí, perro de los Fierros,
a cobrar La Loba Parda.
Si me cobráis la borrega
cenaréis leche y hogaza,
y si no me la cobráis
cenaréis de mi cayada.
Los perros tras de la loba,
las uñas desmigajaban,
siete leguas la corrieron
por unas tierras muy agrias.
Al subir un cotarrito
la loba ya iba cansada.
Tomad, perros, la borrega
sana y buena como estaba.
No queremos la borrega
de tu boca alobadada,
queremos tu pelleja
pa el pastor una zamarra;
el rabo para correas
pa que se ate las bragas,
de la cabeza un zurrón
para meter las cucharas;
las tripas para vihuelas
para que bailen las damas