LA VEGA DE ROBLEDO: En el horizonte de La Omaña se recorta majestuosa la...

En el horizonte de La Omaña se recorta majestuosa la silueta de un viejo castillo medieval; que ha dado denominación a la localidad de su nombre, El Castillo, de Vegarienza.

El Omaña bate sus cimientos, y aún resuenan entre sus paredones los ecos lastimeros de la sangre joven de un mozo sacrificado entre los odios y rencores.

Alfonso XI donó a su bastardo Enrique los señoríos de Ordás, Luna y Omaña, quien los trasladó a la familia de los Ponce, enemigos de los Quiñones.

Los Quiñones se apoderaron de Luna y Ordás, pero no pudieron conquistar Omaña. Don Pedro Suárez de Quiñones quiso edificar su palacio sobre la muralla de León, a lo que se opuso su sobrino el joven Don Ares quien, confiado, perdió la vida ante el engaño de su tío.

Más adelante otro Quiñones; Don Diego Fernández Quiñones, renovó la lucha y entró a saco en La Omaña, a sangre ya fuego, en contra de la oposición de los concejos. Venció el noble y esclavizó a las gentes con trabajos gratuitos, dándoles pan mohoso y vino avinagrado, multas y sanciones.

Así construyó una fortaleza que llamó Atenar, como si de la acrópolis ateniense se tratara; tal era su fortaleza inexpugnable.

Sin embargo, los concejos acudieron al rey Don Juan II de Castilla, quien extendió una carta ejecutoria a favor de los concejos, que dicen se conserva en Riello.

El castillo se reformó en el siglo XVIII, y en el XIX sirvió de cárcel de estos concejos, y gobierno judicial, y los pleitos y sentencias se daban en la ermita del Cristo Magdaleno.

A finales del siglo XIX, concretamente en 1878, se destruyó el castillo y luego sus materiales fueron empleados en el pavimento de la carretera.

Entre este castillo y la torre de Ordás hay tejido un romance que recogió el vate leonés don Florentino Agustín Díez, y que rezuma sangre por todos sus poros. Todo ello, sobre la muerte de Don Ares, que hoy se halla enterrado en la sala capitular de la basílica de San Isidoro.

Por todo este lugar, donde pasaba la calzada romana, se sigue hasta Pandorado subiendo las lomas del Pajarón para caer a Riello; que es como una joya prendida entre las esmeraldas de la pradería montañesa.

La bella Rosana y la torre de Ordás

Bajando. por La Magdalena y-las riberas del Luna, entre los desmontes de la nueva auto pista, se contempla el azulado de las aguas del retén de Tapia, que es como un aprendiz dE pantano para recreo de pescadores.

Pronto se divisa Tapia y su torre cuadrilonga, que algo dice de la familia de los Colinas la legendaria batalla de Camposagrado. Más abajo queda ya la torre de Ordás; se llega en coche a muy pocos metros de su base.

Torre cilíndrica, como un centinela en el altozano y mirándose en el espejo del Luna, quE baja caudaloso y refrescante, bien reguladas sus aguas por las presas de sus embalses.

Los grajos que anidan en los huecos interiores de la torre se espantan al entrar el turista en su base inferior. Allá arriba, se recorta el cielo en un círculo azul, porque es muy alta muy hermosa en su arquitectura militar.

Por todos estos pagos pasó Don Ares, y tomó del talle a la bella Rosana, la linda zagal ¿que guardaba sus rebaños en las amadas tierras de La Omaña.

"El caballero gentil

de su corcel descabalga

y en el amor de sus brazos

alza el cuerpo de Rosana.

Y en los ojos de la hermosa

hay nueva luz y su habla

mueve su labio en la queja

como una brisa aromada".

"Toda la beldad se cifra

hoy en tu frente, zagala,

y beso, al besar tus ojos,

todo el amor de La Omaña"...

Y la torre de Ordás se tiñe de oro con los rayos del atardecer. Y Don Ares abrazó a su tío el Adelantado Don Pedro, Merino de Asturias, y se amigaron y se confiaron.

Pero Don Pedro ha preparado la caldera hirviente de grasa, el narcótico y el puñal. Y la sangre del mozo regó la tierra, y por lo alto de las almenas se lanza un bulto sangriento envuelto en un saco. Es la rubia cabeza de Don Ares de Omaña, que allí terminó, confiado, sus años mozos en la flor de la hidalguía.

"Siguen durante su peregrinaje,

montaraz y oscuro, plañendo y llorando,

camino de Asturias, cien y cien espectros

que esto son de Omaña hoy los vecindarios.

Al frente camina

tendida en un carro

de chirriar doliente

y de andar pesado

una madre, y tiene

sobre su regazo

la noble cabeza del bravo caudillo

que fue de sus gentes justicia y regalo".

Así va cantando el gran rapsoda leonés don Florentino Agustín Díez el llanto de La Omaña en su romance pletórico de evocación, de sentimiento, de finura exquisita del hombre enamorado de sus tierras, que tan profundamente ha calado en el substractum del ser y el sentir leonés.

Y sigue relatando el éxodo de los omañeses mezclando el amor, el llanto y el despecho: "Detrás, con la frente hundida en el pecho, una pobre moza gime su pecado:

– ¡Yo tuve a Don Ares, rendido de amores,

en estos mis brazos,

y lo dejé solo cuando iba a la muerte!

¡Cómo, ay, no muero de dolor...!

Callados,

los hombres, las bestias, empujan su angustia,

el leño a los hombros, hundidos, esclavos...

¡Ya murió Don Ares, ya tiene La Omaña

abierto el calvario,

cegada la frente,

el fierro clavado!

¡Todo es de noche cruenta, sin luna, sin torva,

sin pan y sin alma...!

¡Yermo es todo y llanto!.

Y la pluma y el corazón del trovador cantó los romances y los versos y las trovas de La Omaña y el Luna, con Don Ares, con la pastora de Caldas y Doña Jimena la madre de Bernaldo, el fijo de la mi entraña.

Esta es la leyenda de Omaña, muy cerca del lugar donde el Luna y el Omaña entran en maridaje para formar el Orbigo. Esta es la leyenda de esta tierra, de La Omaña, la de los hombres indomables, que según Tito Livio no había quien los sometiera, y designó a la región del Omaña con el calificativo de "homus manium", o la tierra de los hombres dioses infernales.

Leyendas de La Humania y los humanases, como se llamaron más tarde; que participaron en la reploblación de tierras zamoranas.