El hombre y el gato (fábula)
Todavía se estaba restañando la sangre que le había dejado su mordida inesperada, cuando el hombre preguntó al gato:
- ¿Por qué me has mordido?
Y el gato respondió:
-Porque me has acariciado.
Lo había acariciado, cierto es, con suavidad y con algo de indiferencia al principio, porque así es como ellos se sienten seguros, pensó el hombre. Y siguió acariciándolo, ganando poco a poco la distancia que todavía lo separaba de él, hasta que el gato se echó boca arriba con una lentitud majestuosa y, con los ojos entrecerrados, le regaló su más exquisito ronroneo. El hombre se perdió en el tacto de su pelo y en la vibración musical de su cuello, se olvidó del gato y de él mismo durante unos segundos de ensueño, hasta que lo despertó la punzada caliente de unos colmillos.
-Me muerdes porque te he acariciado…, no entiendo tu lógica, gato.
Y el gato dijo:
-Disfruto tus caricias, pero el único que alguna vez me acarició como tú, luego me apaleó. No ha sido tu culpa, es que tenía que morderte.
Y tras decir esto, el gato volvió a echarse boca arriba, a la espera de otras caricias que recibió y esta vez aceptó con inmensa gratitud.
Todavía se estaba restañando la sangre que le había dejado su mordida inesperada, cuando el hombre preguntó al gato:
- ¿Por qué me has mordido?
Y el gato respondió:
-Porque me has acariciado.
Lo había acariciado, cierto es, con suavidad y con algo de indiferencia al principio, porque así es como ellos se sienten seguros, pensó el hombre. Y siguió acariciándolo, ganando poco a poco la distancia que todavía lo separaba de él, hasta que el gato se echó boca arriba con una lentitud majestuosa y, con los ojos entrecerrados, le regaló su más exquisito ronroneo. El hombre se perdió en el tacto de su pelo y en la vibración musical de su cuello, se olvidó del gato y de él mismo durante unos segundos de ensueño, hasta que lo despertó la punzada caliente de unos colmillos.
-Me muerdes porque te he acariciado…, no entiendo tu lógica, gato.
Y el gato dijo:
-Disfruto tus caricias, pero el único que alguna vez me acarició como tú, luego me apaleó. No ha sido tu culpa, es que tenía que morderte.
Y tras decir esto, el gato volvió a echarse boca arriba, a la espera de otras caricias que recibió y esta vez aceptó con inmensa gratitud.