Publicado el 10 de octubre de 2013 por Emilio G. de la Calzada

Retrospectivamente, me llama la atención que habiendo nacido solo cinco años después de terminar la Guerra Civil española y viviendo inmerso toda mi infancia en las penurias que acarreó, nunca oyera hablar de lo que sucedió durante la contienda, de los muertos y de las represalias posteriores. Una foto de mi padre en al álbum familiar junto a otros dos compañeros de armas vestidos de soldado, deja constancia de que la guerra sucedió ... (ver texto completo)
De aquella experiencia de niño con bicicleta de hombre, me quedó la afición de andar en bicicleta que no he abandonado nunca hasta que mi pierna se agusanó y dijo basta.

Antes los pantalones con los que se vestían por la mañana para echar la hierba a las vacas y con los que luego iban a arar o a por un saco de verde, eran los mismos con los que los hombres montaban en bicicleta y se manchaban de grasa de la cadena si no tenían a mano algo con que sujetarlos. Ahora para montar en bicicleta la gente ... (ver texto completo)
Curado el dedo sin secuelas graves, volví a ello y pronto me subí encima de la barra aprovechando el mojón kilométrico del final del pajar. Como los pies no llegaban a los pedales, tenía que balancearme hacia un lado y a otro de forma que el muslo del pié que estaba arriba pasase por encima de la barra para suplementar la longitud de la pierna que tenía que acompañar al otro pedal hasta abajo. Ahora el cuerpo oscilaba a un lado y otro de la bicicleta, pareciendo en cada pedalada que intentaba bajarme ... (ver texto completo)
Publicado el 18 de octubre de 2013 por Emilio G. de la Calzada

En Vegarienza había más burros que bicicletas. Recuerdo la bicicleta de Floro con la que casi a diario iba a ver a su novia en El Castillo, la de don Manolo el maestro, la de Genaro el del herrero, creo que en la sierra había otra y poco más, y cómo para no enredarse con la cadena las perneras del pantalón, o bien se las metían por dentro de los calcetines o las cogían con un par de pinzas de la ropa. Solo algunos usaban unas pinzas ... (ver texto completo)
“No codiciarás la casa de tu prójimo, no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su criada, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna de tu prójimo“. Bueno, bueno con la importancia que se le da al prójimo. Si tu no tienes para comer, que te zurzan, pero que no se te ocurra robar una pera a tu prójimo. Perfecto. No se me ocurre mejor mensaje para que los desheredados no se alboroten. Otra vez el molino y la sardina, que siempre son de los intérpretes y de los que mandan.

El cuarto mandamiento ... (ver texto completo)
Me parece plausible que otro de los notables de la Biblia, Moisés, subiera al monte Sinaí con un plan preconcebido, harto de tanto peregrinar por el desierto y de que su gente le montara un cirio cada poco. Había que arreglar aquella situación de descontrol con algún golpe de efecto y decidió subir al monte con la idea muy clara de reforzar su autoridad echando mano de lo que mejor sabía hacer: trasladar lo que el dios que llevaba en su cabeza le decía, a mandamientos que le ayudaran a poner orden ... (ver texto completo)
Desconfiando pues de las formulaciones del padre Astete, que en modo alguno ordenaba semejante sumisión, acudí a las fuentes originales y empecé a comprender a Abraham, y a tener claro que el intérprete Astete nos había colado una versión edulcorada de lo que en su día había dicho Dios. En el Éxodo 20:1-6 las cosas están muy claritas, según dijo Moisés que había dicho Dios:

“Y habló DIOS todas estas palabras, diciendo: Yo soy tu Yahvé tú DIOS, que te saqué de la tierra de Egipto, de casa de servidumbre. ... (ver texto completo)
Publicado el 25 de octubre de 2013 por Emilio G. de la Calzada

Se podría afirmar que desde la generación de mis abuelos para atrás, la vida de los padres era bastante cómoda si nos atenemos a la gobernanza de la casa. Eran dueños de sus pequeñas o grandes haciendas, los animales de la casa les reconocían como dueños, alguno había que hasta movía el rabo de júbilo al verles, y sus hijos les profesaban respeto y sumisión casi sin límites. Ocupaban con naturalidad el puesto que antes fue de sus padres, ... (ver texto completo)
Allí estaba la bicicletona del tío Balbino, los palos de varear la lana, las manuecas con las correas para atarlas a los piértigos que el abuelo prepararía en la maja siguiente, somieres, cabeceros y piezas de cama, alguna maleta vieja de cartón, baúles, algún jarrón para el agua descascarillado, una silla de montar con estribos como los que había visto usar al cura don Restituto que supongo eran del bisabuelo Bernardino, una estufa de petróleo, unas maneas para sujetar las patas de los caballos ... (ver texto completo)
Usar sitios recónditos para leer a escondidas, a veces llevaba aparejado algún hallazgo que irremediablemente conducía al fisgoneo o provocaba enterarse de cosas que hablaban otros, no conscientes de mi presencia. Leyendo subido en el peral mientras transcurría debajo la tertulia familiar, no me dejaba otra opción que enterarme de lo que se hablaba unos metros debajo de mí, aunque no recuerdo haber conocido ningún secreto familiar pues en mi familia todos eran muy discretos y si había habido alguna ... (ver texto completo)
Publicado el 1 de noviembre de 2013 por Emilio G. de la Calzada

Si no era verano, cuando oscurecía en Vegarienza había que estar recogido al calor de la cocina de leña para cenar y rezar el Rosario. Cuando el abuelo no estaba por contar alguna historia, el tiempo que iba desde los rezos hasta la hora de ir a la cama había que llenarlo con la lectura de cualquier cosa que tuviéramos a mano, que no solía ser mucho. A los ocho o nueve años me dejé los ojos, por la escasa luz de la bombilla o del ... (ver texto completo)
Hoy me ha dado un ataque y no voy a desaprovecharlo, asi que me lio directamente tambien con la cocina.........
Conocí a Genaro cuando yo tenía siete u ocho años pues solía juntarse con mis tíos y le recuerdo participando en el acecho al lobo en la cocina vieja de casa de mis abuelos (ver El lobo) junto con mi tío Pepe y el primo Julio. Creo que allí, al hilo del miedo enfermizo al lobo, cuando Genaro me dejaba mirar al mismo tiempo que él por el ventanuco que enfilaba los rastros de sangre dejado por las vísceras que servían de señuelo y que habían manchado de rojo la nieve de la cuesta, fué cuando se fraguó ... (ver texto completo)
En Vegarienza, como en toda la comarca, el sexo era un asunto tabú que solo estaba permitido si había sido sacramentado y estaba circunscrito a la intimidad de la alcoba y a la procreación. Todo ello en una sociedad ganadera donde el sexo animal se manifestaba de forma exuberante, como parte esencial para la renovación de la cabaña y casi única fuente de ingresos para la economía familiar por la venta de las crías. Desde pequeños presenciábamos actos de apareamiento a menudo e incluso debíamos estar ... (ver texto completo)
Publicado el 15 de diciembre de 2013 por Emilio G. de la Calzada

BiciPecaminosa

De todos los que pescábamos truchas con ferpón (tridente) en Vegarienza, Genaro el del herrero era el único que no necesitaba robar tenedores en la cocina de casa para construir tal herramienta. Desde pequeño había ayudado a su padre en la fragua y conocía todos los secretos de la forja, por lo que se había fabricado un ferpón de hierro con tres dientes estriados que dificultaban que la trucha ensartada se soltase ... (ver texto completo)