CORNOMBRE: EL CENTENO EN OMAÑA, SIEMBRA, SIEGA, ACARREO, MAJA,...

EL CENTENO EN OMAÑA, SIEMBRA, SIEGA, ACARREO, MAJA, MUELO Y PANERA

Que el centeno, en tiempos pasados, tuvo una enorme importancia económica, es una obviedad pero relatar de qué forma incidía en la vida de los omañeses es, al menos, gratificante para quien durante bastantes años “saboreó” el moreno pan que se hacía con aquella gramínea. También obvio es recordar que no solo Omaña sembraba la mayor parte de sus tierras cultivables; lo mismo sucedía en otras comarcas leonesas, asturianas o gallegas. Aunque en Omaña se producía un fenómeno curioso, en la baja Omaña las cosechas eran más copiosas y se iban reduciendo a medida que la siembra se iba acercando a la parte alta de la comarca, pero al tiempo sucedía que a medida que el centeno perdía terreno, lo iban ganando en extensión y calidad los espacios dedicados a la ganadería. Pero, aun en la alta Omaña, el centeno contribuía a la alimentación del ganado. En grano de se alimentaba a las gallinas y, ya molido, servía de alimentación, principalmente a vacas y cerdos. El ganado vacuno también se nutria con la paja, mezclada con hierba o remojada y cortada que se rebozaba con la propia harina de centeno. También el centeno era básico en la alimentación de cabras y ovejas cuando las copiosas nevadas impedían su salida al monte. Para este ganado se usaban troncos vaciados, conocidos como saleras. Como dato anecdótico, la nieve también mermaba los alimentos de os pájaros y de estos el pardal (gorrión, que era la especie volátil que menos temía al hombre y que era capaz de disputar la comida a gallinas y otros animales, era objeto de cacería masiva, utilizando las saleras. Estas que solían medir varios metros de largo, se colocaban delante de un pequeño ventanuco. Se esparcían granos de centeno a todo lo largo de la repetida salera y un cazador, usando sal en sus cartuchos, se apostaba en el ventanuco y cuando los voraces y confiados pardales ocupaban en toda su longitud la salera a la que acudían llamados por el centeno, el cazador disparaba apuntando al comienzo de la salera, de tal forma que la rociada de sal barría aquel comedero. No era infrecuente que con un solo disparo se cobraran treinta pájaros que servían para que algún ama de casa cocinara lo que llamaban paella de pardales. Tan bárbara cacería, también se hacía pero con menor número de presas, siempre durante intensas nevadas, disparando a la copa de unarbol frondoso, en el que se cobijaban los pajarillos.
Anécdotas aparte, antes de llegar a la sementera o siembra del centeno, la tierra que había descansado durante un año, requería ser arada dos veces; la primera, conocida como “ralba” requería un esfuerzo mayor a las yuntas de vacas porque desde la siembra anterior, la tierra se había endurecido, ofreciendo mayor resistencia a los arados, cuya reja tenía que perforar una masa dura sin que por ello dejaran de atascarse en el lecho rocoso de las tierras omañesas. La ralba tenía lugar a finales de la primavera y aproximadamente, un mes más tarde la segunda arada o bina, ya no requería tanto esfuerzo a yuntas y gañanes; quedaba así lista la tierra para la sementera que comenzaba con el mes de septiembre.
Antes de esta ultima arada, las tierras se abonaban con estiércol seco, a menudo procedente de los establos o cortes de cabras y ovejas, que solo se limpiaban una vez al año; en la sementera. El estiércol se subía a las tierras en vetustos carros que con dificultad, salvaban las empinadas “roderas” que conducían a las tierras. Aunque no eran iguales los desniveles en todas las aldeas de Omaña, lo más frecuente era salvar la inclinación de las laderas de los valles para llegar a los dominios del centeno. De tal suerte ascendían las roderas, que con frecuencia eran dos las yuntas que arrastraban los carros cuando esto sucedía, se decía que se ponía la “cuarta”. Llegado el estiércol a las tierras, se esparcía sobre ellas y a continuación se sembraba la semilla a voleo y de nuevo una arada cubría abono y semilla. La semilla, por supuesto, eran los propios granos del centeno. No tardaba en emerger la planta nueva, a la que se conocía como ferrén. Si el ferrén adquiría una cierta consistencia antes de que la nieve lo tapara, era un primer paso para que en el verano siguiente fuera abundante la cosecha. El ferrén permanecía “invernando” hasta que llegaba la primavera, en cuyo momento su crecimiento era rápido. Aparecían las verdes espigas que iban adquiriendo el color amarillento que preludiaba el momento de la siega, allá por el mes de agosto, o antes en la baja Omaña. A grandes rasgos, así era el ciclo del centeno a no ser que tres fenómenos meteorológicos arruinaran los sembrados. Eran estos factores negativos, uno común a todos cultivo, era la sequia,; los otros dos las heladas tardías, cuando ya habían espigado las plantas, y por último el granizo. Los labriegos rezaban cuando los negros y densos nubarrones del verano presagiaban la tormenta, que a menudo llegaba acompañada por el temido pedrisco.