Cuando se preguntaba la hora a los pocos poseedores de reloj y te respondían, se les repreguntaba si la hora que te daban era “solar” u “oficial”. Estas disquisiciones solo se presentaban cuando había un reloj de por medio, ya que todos los demás nos regíamos por el ritmo que marcaba el Sol, mientras los relojes se empecinaban en marcar una hora no recuerdo bien si de más o de menos. El mediodía solar, que se asociaba con el momento de arrear las vacas para salir del prado y llevarlas a casa, era ... (ver texto completo)
A falta de la abuela, experta en partos propios y ajenos, Benilde y la madre de Almudenina oficiaron de comadronas. No se si lo habían hecho antes, pero habían visto parir a vacas y otros animales domesticos tantas veces que alguna idea tendrían de cómo sacar a la luz lo que viniera, mientras luchaban por apartarme a mí de la cama a la que pretendía subirme a toda costa para estar presente en el acontecimiento que estaba teniendo lugar y que parecía ser interesante, a juzgar por los gritos de mi ... (ver texto completo)
Publicado el 10 de mayo de 2o13

La frase que más repetía mi madre cuando nos veía distraídos durante el tiempo de estudio era “El tiempo es oro…” y tras una pausa añadía con contundencia y mirándonos preocupada “ …y el que lo desperdicia es un tonto”. A veces remataba con otra sentencia no menos efectiva “El tiempo que se pierde, nunca se recupera”. Aquellas frases me daban mucho que pensar aún teniendo entonces la sensación de que los días y años que tenía por delante eran casi infinitos. Que importancia podía tener distraerse un momento con alguna ensoñación o recuerdo, mientras las jóvenes neuronas se reponían del esfuerzo que suponía memorizar todos los ríos de Asia o cuestiones similares o casi tan inútiles.

Entonces yo tenía la percepción de estar quieto y que era el tiempo el que se deslizaba lentamente hacía mi espalda, como los postes cuando se viaja en tren o como el agua del río que te sobrepasa y se aleja de ti sin pausa mientras estás parado en medio de la corriente.

Mí tiempo tenía una corporeidad transparente como el aire o el agua pero más consistente. Lo percibía como si fuera una barra de gelatina extremadamente larga, cortada en rebanadas como el pan de molde, en cuyo interior yo vivía y que alguien empujaba hacía mí sin descanso desde su extremo final. Sin rozarme, la gelatina me bordeaba alejando de mí su extremo inicial, de forma que cada día me sobrepasaba una rebanada de tiempo. Aún hoy tengo esa misma sensación en relación con el tiempo, pero ha cambiado algo mi percepción. Antes ni siquiera pensaba que aquel discurrir tuviera final. Ahora si percibo, lejos aún, esa última rebanada acercándose a mi lenta pero inexorablemente.

No supe dividir con precisión mi rebanada diaria de tiempo hasta los doce o trece años en que mi tío Baldomino me regaló su reloj de muñeca, que seguramente antes había pertenecido a otros miembros de la familia a juzgar por lo desgastado de las partes doradas de tanto rozar con las mangas de la ropa y por lo amarillento que estaba el plástico que protegía la esfera. Claro que como veréis, el entorno no nos exigía mucha fineza a la hora de precisar cuando habían sucedido o sucederían los acontecimientos.

Mi madre ha tenido once hijos. Jamás fue al ginecólogo y, salvo Isa y Olga, todos nacimos en casa. Yo soy el mayor y había nacido hacía poco más de un año cuando mi madre estaba de nuevo embarazada de mi hermana Loli. Sabía que estaba embarazada, pero no tenía ni idea de cuando daría a luz ni si sería chico o chica. Así eran las cosas antes, sin ecografías en tres dimensiones. Coincidiendo que mi padre había pedido permiso para estudiar las oposiciones a técnico de Correos y que los abuelos estaban viviendo en León, nos establecimos en Sosas del Cumbral aquel verano mis padres y yo.

Las necesidades alimenticias más perentorias estaban aseguradas gracias a unas gallinas, una vaca de nombre “La Italiana” a la que mi madre ordeñaba con Loli en la barriga y supongo que algún resto de la última matanza colgando de los varales de la cocina vieja, así como un montón de patatas viejas de la última cosecha. Mi padre compartía sus estudios con la sustitución como maestro en la escuela a mi abuelo Emilio de la Calzada. Dudo que alguna embarazada de hoy día se aventurara a dar a luz en semejante confín del mundo, con la única ayuda de su marido y teniendo que estar todo el día pendiente de un mequetrefe de poco más de un año.

El veintiséis de Junio de 1945 se iniciaba la siega de la yerba en el Valle del Cumbral y mi padre había ido con Máximo para ayudarle. El Valle del Cumbral es una zona de pradera que Sosas compartía con Villadepán y que distaba de Sosas unos cinco kilómetros monte arriba. El inicio de la siega en este valle era todo un acontecimiento, hasta el punto que ese día todas las mujeres estrenaban delantal para ir a llevar la comida a los segadores. A media tarde de un día tan señalado, Loli dio muestras de querer salir a la luz en ausencia de padre, abuelos y demás parentela. ... (ver texto completo)
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He leído que finalmente don Marcelo Fraga Iribarne llegó a Santiago aunque no se dice cual fue la ruta que siguió con posterioridad al percance de Vegarienza. Parece ser que era aficionado a los viajes en caballo y que la prensa solícita solía reflejarlo refiriéndose a él como hermano de Manuel Fraga, lo que contrariaba a don Marcelo grandemente, cosa impensable para los que le oyeron mencionar cada poco que era hermano del hermanísimo. Con tanto viaje a nadie le hubiera extrañado que muriera de ... (ver texto completo)
Mi padre acudió al corral y le dijo que el caballo no podía quedarse allí pues había muchos niños en la casa y el equino podía contagiarles alguna enfermedad. A don Marcelo le surgió la vena autoritaria familiar y sacó a relucir la frase ritual “No sabe con quien está hablando, soy fulano de tal, el caballo es un purasangre del Ejército, está vacunado contra todo tipo de enfermedad contagiosa y el señor alcalde me ha dado permiso para alojar mi caballo en esta casa“, sin parar mientes en que la casa ... (ver texto completo)
La carretera que surca toda Omaña era cañada desde tiempo inmemorial y en “Trashumancia” cuento el trasiego incesante de personas y animales que pasaban por delante de la casa de mis abuelos en Vegarienza a lo largo de todo el año. No sabía que formara parte de las rutas de peregrinos a Santiago, pues en este trajín permanente no recuerdo haber visto a nadie adornado con la concha de vieira del peregrino, pero haberlos los hubo. Al menos uno según me cuentan en mi familia, pues yo llevaba varios ... (ver texto completo)
También se veía a las mujeres usando el bastidor de bordar para que la ropa de cama o las blusas salieran de allí bien guarnecidas de dibujos y calados o cogiendo los puntos de las medias auxiliándose de una pequeña aguja y un vaso de cristal. O tejiendo jerseis para el invierno o preparando ropa para un nacimiento próximo o para una comunión inminente. El curso en que yo iba a vivir en el colegio mayor Calasancio de Madrid, en un plis plas marcaron mis calzoncillos, calcetines, pijamas, camisas, ... (ver texto completo)
Una vez que la destinataria del vestido lo escogía entre las imágenes de los muestrarios, tía Honorina extendía los patrones sobre la mesa y los calcaba a un papel de seda que servía para cortar la tela. Luego a hilvanar, pruebas remetiendo y sacando con ayuda de alfileres y a coser en la máquina de manivela situada sobre una mesita que estaba ante una de las ventanas que daban a la carretera. La máquina de coser era el artefacto con más nivel tecnológico de la casa y podía considerarse una joya ... (ver texto completo)
Publicado el 1 de marzo de 2013 por Emilio G. de la Calzada

La cocina de la casa de mis abuelos en Vegarienza era la estancia más amplia y el escenario por excelencia de la convivencia familiar. A pesar de su amplitud, cuando en verano nos reuníamos casi treinta personas era necesario hacer dos turnos de comida. El primer turno lo hacíamos los nietos que cuando volvíamos tiritando de nuestro baño en el pozo La Puente, ya teníamos los platos con las reconfortantes lentejas que nos devolvían algo ... (ver texto completo)
"A la doble cumbre de El Tambarón (2.102 metros) hay quien la apellida Las tetas de Omaña. Escuché por primera vez la expresión de boca de Salomé, admirada amiga omañesa y me gustó. Tambarón: la madre que alumbra el río y le procura el primer alimento." Publicado por Julio Álvarez Rubio.
Buen día Corazones, hala a disfrutarlo!
2 besos
Buenos dias al mundo mundial. Espero que esteis todos bien pasando el veranin. Besines
Hola primísima, feliz día, ya sé que andais sobraos de caló!
Besines a toda la familia
Buenos dias,,, hola lagunak Davinia si ha puesto fotos.
Temperatura 25grados, menos mal que hace un poco de brisa, voy a la plaza.
Besos y feliz dia.
Hola lagunak, no creo poder entrar en la página de Davinia, miraré a ver. Por donde yo vivo ayer por la noche tormenta, relampagos; algún incendio debido a esa causa.
2 besines lagunak
Hola.
Buenos dias.
Yo tambièn me alegro al poder disponer de tiempo para charlar contigo.
Me alegro de que los calores no os ataquen tan fuerte. Mejor que mejor.
Hoy amanecemos con 23 grados. Cuatro menos que ayer. Parece poco, pero se nota un montòn.
Hoy tendremos en casa a los tres nietines. Acciòn y amor en cantidades superlativas.
Que el mièrcoles sea un dia inolvidable para tì y los tuyos.
Un beso muy fuerte.
Hola José Luis, feliz día, luego vuelvo, ando algo liada buscando cosinas de Omaña.
2 besos chaval, sé feliz