Actualizamos el navegador, queremos desinstalar el antiguo para que, por el motivo que sea, no replique la información de nuestras pestañas, contraseñas o marcadores que utilizábamos, y así se lo indicamos al ordenador. Sin embargo, al instalar el nuevo navegador, toda la información del antiguo se replica en él, aunque no queramos. Y lo mismo sucede cuando decidimos reinstalar un programa que tiene algún elemento corrompido: lanzamos a la papelera la versión desinstalada, nos descargamos la versión
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Los programas funcionan bien hasta que dejan de hacerlo. Sin una razón aparente, algunos comienzan a dar problemas y se bloquean. Sucede con navegadores, procesadores de texto, editores de imágenes, etc. Todos ellos son aplicaciones sólidas que no tendrían por qué fallar. ¿Qué les ocurre entonces? Pueden ser muchas las causas, algunas más graves y otras que se solucionan de manera sencilla. Entre estas últimas, figura la corrupción de algunos archivos. Cuando es posible descargar una versión actualizada y limpia de la página del proveedor en la Red, en teoría, basta con desinstalar la versión corrompida y descargar una nueva para instalarla en su lugar.
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