Buscaron a Lorenzo, sin poderlo aprehender.
Dijeron: «O se entrega, o el martirio va a ser».
En esa disyuntiva, para salvar su ser
Lorenzo prefirió por Jesús perecer.
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Para que su martirio más inhumano fuera,
los esbirros le hicieron un lecho de manera
que ni tenía ropa ni tenía madera.
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De parrillas de hierro era el lecho fatal,
separadas entre ellas, para el fuego colar.
Le ordenaron las manos y los pies amarrar,
y luego lo obligaron en ese fuego estar.
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Lo bañaron en fuego. Así lo oiréis contar.
Los esbirros planearon las llamas atizar
y avivaron el fuego sin hacerse esperar.
A Lorenzo le dieron más placer que pesar.
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