He recorrido una vez más esos
caminos del áspero páramo burgalés que no van a ninguna parte --en todo caso a las tierras de
labranza-- para sentir de nuevo aquellas emociones que me invadían de pies a cabeza en mis años de
juventud. He podido constatar que mi amor por esta tierra dura y áspera sigue tan fresco como el día que me enamoré de ella.
No era éste el mejor momento para disfrutar, a finales de septiembre, de toda su belleza, porque ahora, el
color amarillento de la hierba de sus márgenes
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