El perdón nos ayuda a vivir en paz con nosotros mismos y con los demás, pero también ayuda a quien nos ha lastimado. Si aquél que obró mal siente que es realmente perdonado y que nuestro corazón le abre sus puertas nuevamente, sin dudas no volverá a lastimarnos. El perdón habrá servido como la mejor de las lecciones, esas que se aprenden sin tomar nota, con el alma misma.
Perdonar puede ser también un ejercicio. Hay muchas cosas en la vida a las que uno aspira, pero no consigue fácilmente, tal vez el saber perdonar sea una de ellas. De todos modos, bien vale la pena intentarlo una y otra vez. ¿Cuál es el riesgo? ¿Qué seamos heridos nuevamente? ¿Qué nuestra confianza se vea una vez más defraudada? Es una de las posibilidades. ¿Cuáles son las otras? ¿Que son sintamos en paz con nosotros mismos, que nos reencontremos con el otro desde otro lugar, que nos hayamos acercado un poquito más al Señor? Posibilidades todas que bien merecen tomar ese riesgo. ... (ver texto completo)
El perdón limpia, redime, eleva, nos hace más bondadosos y más grandes. El rencor pesa demasiado, no es una carga agradable de llevar en la vida. Nos quita energías para enfrentar la vida de una manera más positiva, aletarga nuestro paso y no nos conduce a buen destino.
Muchas veces sentimos que hemos perdonado, así lo creemos, pero a la hora de volver a arriesgarnos, de volver a confiar, el perdón se desdibuja en una forma etérea, pero tangible. Si no volvemos a confiar, no hemos perdonado del todo.
El perdonar en forma genuina –desde el alma- implica también volver a confiar. Cuando hemos sido defraudados o maltratados, no es fácil poner la otra mejilla, no somos Jesús, pero podemos intentar imitarlo.
Por otro lado, perdonar nos hace mejores personas. Perdonar implica también entender al otro, su circunstancia, su situación y –desde ese entendimiento- construir un mejor lazo, un vínculo de mayor empatía.
Cuando uno perdona desde lo más profundo de su alma, limpia las heridas, aleja el sabor amargo que ha quedado y deja vacío ese espacio que ocupaba el rencor o la ofensa para dar cabida a sentimientos y sensaciones más agradables.
El ser humano tiende a encerrarse en su dolor cuando ha sido herido, como mecanismo de defensa tal vez nos distanciamos de aquél que causó nuestro dolor, como si alejándonos, la angustia menguase. Sin embargo, pocos entendemos que para sanear un corazón lastimado, el verdadero perdón es la mejor opción.
No es fácil. ¿Debería serlo? No se. Sería bueno que así fuera, pero en todo caso, cuánto mejor si podemos perdonar de corazón aún resultándonos difícil. El alma humana tiene infinitos recovecos, no todos fáciles de recorrer, no todos sender.
Muchas veces se nos hace difícil perdonar. Digo perdonar no desde las palabras, un “te perdono” puede resultar hasta una formula hecha, me refiero a perdonar desde lo más profundo de nuestro corazón. Cuando hemos sido heridos, ofendidos, defraudados, algo se quiebra dentro de nosotros y lo que puede enmendarlo en alguna medida es el perdón genuino.
El tejido de la vida lo hace nuestra aguja.
El mapa del mundo, lo hace nuestro ingenio.
La estrategia, la elabora nuestra inteligencia, mientras suben los préstamos baja la economía. Mientras sube la ambición, baja la felicidad y la paz.

Autora: Z. Bacardí de Argamasilla
Nosotros somos el acontecer de la historia, los creadores de los acontecimientos. Los que provocamos y generamos todo lo que pasa en el mundo.
Una cosa es la creencia pasiva, y otra la ideología militante. La gente moral es silenciosa y retraída. Los amorales son activos, y vociferantes.
No procedemos de buena madera. Venimos de un sistema capitalista desacertado y deformado. O de un sistema imperialista dictatorial y tiránico. La diferencia es que un sistema reduce la felicidad y otro la anula. ¡Pero ninguno la mejora!
El trabajo debería ser para llenar de innovaciones la mente, y de orgullo el corazón. No para que el corazón se corrompa y la mente se envilezca. Y uno se sienta desagraciado con él.