Porque (ahora ya en serio), sí, desde luego no albergo ninguna duda con respecto a lo de “Mi amistad, vuestra amistad, la de todos”: en eso sí que me declaro verdadero creyente, y no admito ningún genero de apostasía o herejía; eso sí es alcanzar un remanso de verdadera paz, una utopía al menos terrenal; eso es el mejor ejemplo de felicidad relativa, subjetiva y particular, el paradigma de la quasiperfección, para el cual, ¡qué demonios!, cuesta imaginarse un contrario necesario; eso es el verdadero amor (¡cachis en Platón!), y lo demás no son más que viles instintos y pasiones primarias tratadas de sublimar por guardar las apariencias sociales e institucionales...