Pues sí, ¡magnífico el Encuentro del sábado pasado en El Gordo!: aplicándonos desde bien temprano para trasladar hasta tal pueblo y montar allí todo el material; soportando un sol de justicia desde mediodía hasta bien entrada la tarde; sirviendo ya por la mañana limonada, de forma tan espontánea como necesaria ("Pero... ¡si yo sólo me iba a servir un vasito para mí!"); aguantando inaudibles discursos de alcaldes y autoridades varias (y poemas interminables); visitando una iglesia "muy bonita y antigua" (y cargada de cigüeñas), con hallazgo incluido de insospechados azulejos de cerámica talaverana (mención aparte para su muro corrido con una grieta de 23 cms. Y su inefable apuntalamiento de troncos podridos); preparando sin descanso multitud de bocatas en el merendero ("¡Que no: echad sólo dos lonchas de queso en cada bocadillo!"); resistiendo la tediosa sobremesa entre cafés y partidas de chinos ("Pero... ¿cómo empiezas declarando diez si no llevas ninguna ficha?"), sesiones de "cine" gratuito ("¡Ni que viviéramos entre pedruscos!") y aun paseos a las orillas del pantano; tío Goro exhibiendo a las fascinadas gentes su artesanía ("Pero, venga, ¡pon un precio! Porque esto tiene que estar a la venta..."); ofreciendo por fin al público nuestro producto gastronómico, las rosquillas (cuyo mayor éxito, entre los forasteros, no fue el reconocimiento general de su estupendo sabor, sino el que no se llegara a descubrir, ni aun sospechar, su verdadero origen) y la susodicha limonada ("¿Otro vasito, tío Germán?", "Que no, que no, que me liais... Bueno, venga: llena"); siendo entonces sorprendentemente "adoptados" por la alcaldesa en persona (¡Cómo se lo pasaba!); y, finalmente, recogiendo todo el "stand" sin dejar ni rastro ("Pero, Román, ¡que lo has tirado!", "Ah, yo no sé nada").