El hombre comentaba. Ella le dirigía alguna mirada asintiendo sus palabras... al final haciendo un último esfuerzo la mujer cogió por un asa la jarra, la descanso sobre el borde del pozo y recogió la cuerda, agarro la jarra mojada se la planto al costado y dirigiendo una mirada al hombre le dijo.-" Pues muy bien, estad con Dios.." y se marcho.
Yo he conocido pozos mucho mas grandes que este y he probado aguas salobres y otras mas dulces y parece mentira la gama de sabores que pueda tener el agua...
Mientras el hombre sentado al lado del pozo le contaba, lo mucho que había viajado y que había conocido todo tipo de pozos. La mujer de cuando en cuando se lo miraba sin dejar de sonreir... y tiraba y tiraba de la larga cuerda subiendo la jarra.
.-" Su paz sea contigo"Y la mujer sin decir nada, deslizo de sus manos la cuerda dentro del pozo y atada en un extremo la jarra, que hizo descender lentamente y con cuidado luego se oyó el chapoteo de la jarra al hundirse en el agua, entonces la mujer alargando el brazo, removió la cuerda para que se llenara el recipiente y empezó a tirar de ella hacia arriba con fuerza y cuidado.
Al verle allí sentado, con una sonrisa le saludó. - " La paz de Dios sea contigo"y el le respondió
Al poco rato, se aproximo una mujer con una jarra asentada en su cadera y una cuerda en la mano.
Había una vez una vez un hombre de noble cuna, que después de atravesar el desierto llego a un poblado lleno de árboles y huertos y lo primero que encontró fue un pozo, sediento como estaba se acerco para saciar su sed, pero el agua estaba tan profunda, que era inaccesible y nada de su alrededor podía facilitarle el alcanzar el agua, por ello decidió sentarse junto al pozo a esperar que pasara alguna cosa y confiando en Dios.
agua del pozo
Hans Christian Andersen
Y así enterraron a abuelita.
Era siempre la abuelita, tan buena y tan querida. Colocaron el libro de cánticos bajo su cabeza, pues ella lo había pedido así, con la rosa entre las páginas.
El cabello era blanco como plata y venerable, y no daba miedo mirar a la muerta.
¡Estaba tan hermosa, a pesar de tener cerrados los ojos! Pero todas las arrugas habían desaparecido, y en su boca se dibujaba una sonrisa.
La pusieron en el negro ataúd, envuelta en lienzos blancos.
Se recostó respirando suavemente, y quedó dormida; pero el silencio se volvía más y más profundo, y en su rostro se reflejaban la felicidad y la paz; habríase dicho que lo bañaba el sol... y entonces dijeron que estaba muerta.