Tiene tejos antiquísimos que recuerdan que también por aquí los druidas celebraron sus propios ritos, y relieves infernales tallados en las arquivoltas. En uno de ellos, un diablo burlón arrastra por los pelos al traidor obispo don Oppas, que quiso jugársela a Pelayo. Se quejan los vecinos de Corao, con razón, de su restauración apresurada.
Subía a la obra a pie por la senda de Frassinelli, que todavía asciende hasta los lagos desde Corao entre bosques y camperas. Deja a un lado la iglesia románica de Santa Eulalia de Abamia. Allí, según la leyenda, se casó el rey Pelayo con la bella Gaudiosa, y allí sigue el que dice ser su sepulcro (los restos fueron trasladados, a principios del siglo XX, a la cueva de Covadonga).
Mi hermano nos llevó hasta el pozo del alemán, donde dicen que se bañaba hasta en invierno y vimos la casa.
Por allí se restaura ahora la bonita casa de Roberto Frassinelli, el Alemán de Corao: un forastero extravagante y culto que se enamoró de la zona a finales del siglo XIX y hasta contribuyó a diseñar el perfil bávaro de la basílica de Covadonga.
Y cerca, otras cuevas famosas para abrir boca: la del Buxu, en Cardes, tiene muchas pinturas rupestres y pocos visitantes. La del Cuélebre, en Coraín, fue guarida de ese bicho reptilesco y mítico que entronca con la gran familia de los dragones y serpientes celtas.
Es casi una pequeña villa, próspera y de mucho abolengo y leyendas. Tiene buenas casonas y un bosque de castaños mastodónticos -el Castañéu- donde se celebra desde hace siglos una de las ferias de ganado más famosas del Norte.
Para quienes no temen una buena caminata, la mejor manera de acercarse a Covadonga es dejar el coche en el pueblo de Corao, a unos diez kilómetros al pie de los montes que esconden la cueva.
O que si han cambiado por la mano del hombre, lo han hecho para bien: es el caso del paisaje algo fantasmagórico de las antiguas minas de Buferrera, a las que se llega tras un paseíto desde el aparcamiento cercano ya a los lagos.
Pero sigue siendo buena idea acercarse al santuario: a muy poca distancia de los autocares y los puestos de recuerdos píos pueden darse paseos y triscar por bosques y montes que no han cambiado mucho desde que Pelayo y los suyos empezaron a armarla por allá hace ya más de mil años.
Hay quien viene, ve y se marcha en Covadonga; quien sube a los lagos, mira por la ventanilla, da un corto paseo alrededor del aparcamiento y vuelve a bajar. Y cuando caen las grandes nevadas se corta el acceso hasta la cumbre para todos.
Menos para los montañeros.
Hay quien viene, ve y se marcha en Covadonga; quien sube a los lagos, mira por la ventanilla, da un corto paseo alrededor del aparcamiento y vuelve a bajar. Y cuando caen las grandes nevadas se corta el acceso hasta la cumbre para todos.
Triscando por el monte
En realidad, el tráfico era tan espeso y los atascos a más de mil metros tan temibles que hace ya años que en verano se restringe el acceso -con buen sentido- a los coches particulares.
Yo que suelo marearme, cuando llegué arriba del todo estaba malísima.
En realidad, el tráfico era tan espeso y los atascos a más de mil metros tan temibles que hace ya años que en verano se restringe el acceso -con buen sentido- a los coches particulares.
Del santuario arranca la carretera que entre vueltas y revueltas sube hasta los lagos Enol y Ercina, punto caliente del parque nacional.