Resuelve los casos más dificiles, con la inestimable ayuda de su cónyuge, Sally.
Stewart Mc Millan, comisario de la policía de San Francisco, no es el típico investigador duro y sin escrúpulos, ni tampoco trabaja en solitario.
EL COMISARIO McMILLAN Y ESPOSA (McMillan and Wife)
Increíblemente, sus problemas adictivos, nunca se vieron reflejados en sus magníficas actuaciones
La muerte de Yootha Joyce, presa del alcoholismo, en 1989, acabó con la serie.
Definitivamente, ha pasado ya a la historia de las comedias televisivas, como una de las más divertidas, gracias a los bien trabajados guiones, y a la soberbia actuación de sus protagonistas.
Los Roper, fueron extraídos de una serie anterior, llamada "Un Hombre en casa", que también gozó de gran popularidad en aquellos años.
Pronto, las torpezas y mala educación de George, sacarán de quicio a sus vecinos Jeffrey y Ann Fourmile, y su pequeño hijo Tristam, interpretados por Norman Eshley, Sheila Feam, y Nicholas Bond-Owen,
De pronto, el matrimonio Roper se ve obligado a dejar su casa situada en un humilde barrio obrero, al ser objeto de una expropiación, y así se trasladan a Hampton Wick, una zona residencial, donde Mildred espera mejorar su status social mezclándose con gente de mayor categoría.
Mildred, decepcionada por el nulo afecto que su marido le dedica, se dedica a fantasear con sus exacerbados aires de grandeza, y sus frustraciones sexuales.
George, es un tipo vago, torpe y grosero, que no duda en ridiculizar a su mujer en cualquier ocasión
George (Brian Murphy), y Mildred (Yootha Joyce), eran Los Roper, y encarnaban el ejemplo del matrimonio mal avenido, en el que los cónyuges, no tienen absolutamente nada en común, excepto los continuos reproches que se lanzan, pero que siguen aguantándose durante años.
Desde 1976 a 1979, la productora británica Thames, produjo ésta divertidísima comedia, que se emitió a lo largo de 38 episodios.
LOS ROPERD (George y Mildred)
Jinks, desolado por su marcha, acude en su busca y les ruega lloriqueando que vuelvan a casa... y a sus cotidianas persecuciones. Al final, deciden que también añoran los escobazos que les propina su inefable perseguidor, y regresan felices a su agujero.
Yo algunos me los sabía de memoria.