Esta tenia un topacio, la otra un aguamarina, aquella lapizlázuli, la de más allá una esmeralda...
¡Una verdadera maravilla!
Después de sesudas investigaciones sobre la causa de aquel misterioso resplandor, resultó que cada cebolla tenia dentro, en el mismo corazón (porque también las cebollas tienen su propio corazón), una piedra preciosa.
El caso es que los colores eran irisados, deslumbradores, centelleantes, como el color de una sonrisa o el color de un bonito recuerdo.
Cada una tenía un color diferente: rojo, amarillo, naranja, morado...
Pero de pronto, un buen día, empezaron a nacer unas cebollas muy especiales.
Como todos los huertos, tenia mucha frescura y agrado, por eso daba gusto sentarse a la sombra de cualquier árbol a contemplar todo aquel verdor y a escuchar el canto de los pájaros.