¡Uuy, uuy!, que ¿si yo he comido peces vampiros?.
Pues veréis, allá por los años 48/50, todavía iba yo a la Escuela de Alconchel, y el abuelo de analfabeto, lo traían todos los dias en burro, y se sentaba a mi lado. Resulta que, por aquellos tiempos de pescado habíamos visto poco y, sabíamos que existían los peces, igual que Madrid y los mares, porque los veíamos en los dibujos de los libros. Ni sardinas venían a vender al pueblo. Eso sí, en las tiendas había unos cajones redondos, ruedas, de sardinas saladas prensadas, muy bien colocaditas, que se ponían en papel de estraza y se pillaban por detrás de la puerta, y que con un cantero de pan era cena apreciada, por quien se la podía proporcionar.
Pero sí, yo comí muchas veces peces. En el Batán, en las riberas del Cazarejo, que junto con la Veguilla y el Cubillo, eran lugares de huertas; allí, y en la poza que he mencionado y en las talanqueras que se hacían para riego, abundaban cangrejos autóctonos, ranas, topos y demás bichos acuáticos. Había también unos pececillos, pequeñajos, casi chanquetes, plateados, muchos, bastantes. Suficientes, para cuando abrían el dique de la talanquera, con red, harnero u otros medios hacer una curiosa pesca.
Creo que era el hermano Saturnino e hijos, esto no lo recuerdo bien; fueron los que por esos lugares tenían huerta. Pescaban y vendían los pececillos para sacar algunos reales. Mi madre nos freía aquel manjar, por su sabor sería, o por lo raros y escasos, que como el caviar, posiblemente sea mas apreciado, por esto, que por aquello, su sabor.
Asi que queridísimo anónimo, tienes razón. Tanta, como relacionar a la pareja Daniel Vega y Ana Robles e incluso a Germán Vásques y su anónima acompañante, unos buscadores fúngicos, y ellos con vosotros, de Candirús y Chambiras; digo tanta razón, como que yo, me ponía morao de lo que todavía teníais por descubrir.
Saludos cordiales
Gabriel.
Pues veréis, allá por los años 48/50, todavía iba yo a la Escuela de Alconchel, y el abuelo de analfabeto, lo traían todos los dias en burro, y se sentaba a mi lado. Resulta que, por aquellos tiempos de pescado habíamos visto poco y, sabíamos que existían los peces, igual que Madrid y los mares, porque los veíamos en los dibujos de los libros. Ni sardinas venían a vender al pueblo. Eso sí, en las tiendas había unos cajones redondos, ruedas, de sardinas saladas prensadas, muy bien colocaditas, que se ponían en papel de estraza y se pillaban por detrás de la puerta, y que con un cantero de pan era cena apreciada, por quien se la podía proporcionar.
Pero sí, yo comí muchas veces peces. En el Batán, en las riberas del Cazarejo, que junto con la Veguilla y el Cubillo, eran lugares de huertas; allí, y en la poza que he mencionado y en las talanqueras que se hacían para riego, abundaban cangrejos autóctonos, ranas, topos y demás bichos acuáticos. Había también unos pececillos, pequeñajos, casi chanquetes, plateados, muchos, bastantes. Suficientes, para cuando abrían el dique de la talanquera, con red, harnero u otros medios hacer una curiosa pesca.
Creo que era el hermano Saturnino e hijos, esto no lo recuerdo bien; fueron los que por esos lugares tenían huerta. Pescaban y vendían los pececillos para sacar algunos reales. Mi madre nos freía aquel manjar, por su sabor sería, o por lo raros y escasos, que como el caviar, posiblemente sea mas apreciado, por esto, que por aquello, su sabor.
Asi que queridísimo anónimo, tienes razón. Tanta, como relacionar a la pareja Daniel Vega y Ana Robles e incluso a Germán Vásques y su anónima acompañante, unos buscadores fúngicos, y ellos con vosotros, de Candirús y Chambiras; digo tanta razón, como que yo, me ponía morao de lo que todavía teníais por descubrir.
Saludos cordiales
Gabriel.