EL FIN DEL MUNDO.-
Y. LA NOTICIA.-
No se sabe bien de que forma la noticia llegó a la comarca, algunos decían que la trajo un viejo buhonero que iba de pueblo en pueblo, otros que alguien la había leído en una gacetilla de la capital en un viaje que había realizado a Cuenca, al tiempo que oyó comentarlo a las autoridades y a los curas; pero era seguro, era un hecho cierto, todo el mundo sabía que con el alba del día 25 de junio de 1928, todo se acababa, llegaba EL FIN DEL MUNDO.
La noticia, como un reguero de pólvora, llegó al pequeño pueblo de Rada de Haro, al principio algunos la rechazaron, no quisieron creerla, pero poco a poco, como la carcoma, se fue introduciendo entre sus habitantes, horadando sus conciencias. Sus mentes, antes dedicadas a los quehaceres cotidianos, comenzaron a tener como único pensamiento el cercano final.
Contaban que alguno de los habitantes de pueblo, principalmente el tejero y su amigo, se reían sin dar crédito a la noticia; pero hasta los más firmes, los que presumían de controlar el miedo, todos, uno tras otro, fueron presa del sentir colectivo y dieron la mala nueva por cierta.
Un temor, tangible invadía a la población. Al principio se hablaba del tema con la esperanza de que todo fuese un rumor, de que llegarían noticias desmintiéndolo todo. Pero muy al contrario, los hombres que se desplazaban a localidades cercanas, regresaban desorientados y hundidos, en todos sitios se sabía, se tenía la certeza de que el Mundo se acababa.
Los hombres cabizbajos, salían al campo abatidos, y realizaban las labores del campo como autómatas, sin ilusión ni fuerzas siquiera para levantar la azada ni para jalear a las caballerías en sus tareas.
Los habitantes del pueblo, sufrieron cambios profundos, nunca la Iglesia del pueblo estuvo tan concurrida, y fue refugio de casi la totalidad de los erraeños. Incluso se había visto a algunos ateos declarados, vacilar al pasar por la plaza de la iglesia, como si quisieran entrar en ella sin atreverse.
La tristeza se apoderaba del pueblo, los niños percibiendo el estado de ánimo de sus padres, jugaban callados, se escuchaba el silencio, solamente roto al alba por el cantar de los gallos, o por el tañido de las campanas tocando a misa por las mañanas, al medio día a la hora del Angelus ó por la tarde llamando a la oración. Incluso los perros al buscar con la mirada los ojos de sus amos, se contagiaban con éstos, cayendo en un peculiar estado de melancolía.
En los meses que pasaron desde conocerse la noticia, en la población se sucedieron cambios profundos, hubo temporadas en las que los sentimientos hedonistas se impusieron a los temores religiosos, era como si la certeza del fin y el conocimiento exacto del mismo, diesen la opción del arrepentimiento en los días previos al desenlace. No fueron por tanto extrañas las celebraciones, fiestas y bailes durante esos meses.
La cuenta atrás estaba en marcha, se descontaban los días con pesar. Durante la semana previa al fin, el desconcierto se apoderó de todos, el trabajo del cura aumentó, los habitantes del pueblo pasaron por el confesionario, uno tras otro, en un reguero silencioso.
La gente decía que al contrario que la última vez en la que con el Diluvio Universal, el final del mundo vino “en agua”, esta vez sería “en fuego” que abrasaría todo lo habido y por haber. También había quién decía que el sol no saldría, que esa sería la señal. Josefa la ciega que incluso en algún momento había inventado alguna poesía satírica sobre el tema, apesadumbrada pensaba que ella no podría, sí era así, distinguir los síntomas del comienzo del fin.
MCMLV.
Y. LA NOTICIA.-
No se sabe bien de que forma la noticia llegó a la comarca, algunos decían que la trajo un viejo buhonero que iba de pueblo en pueblo, otros que alguien la había leído en una gacetilla de la capital en un viaje que había realizado a Cuenca, al tiempo que oyó comentarlo a las autoridades y a los curas; pero era seguro, era un hecho cierto, todo el mundo sabía que con el alba del día 25 de junio de 1928, todo se acababa, llegaba EL FIN DEL MUNDO.
La noticia, como un reguero de pólvora, llegó al pequeño pueblo de Rada de Haro, al principio algunos la rechazaron, no quisieron creerla, pero poco a poco, como la carcoma, se fue introduciendo entre sus habitantes, horadando sus conciencias. Sus mentes, antes dedicadas a los quehaceres cotidianos, comenzaron a tener como único pensamiento el cercano final.
Contaban que alguno de los habitantes de pueblo, principalmente el tejero y su amigo, se reían sin dar crédito a la noticia; pero hasta los más firmes, los que presumían de controlar el miedo, todos, uno tras otro, fueron presa del sentir colectivo y dieron la mala nueva por cierta.
Un temor, tangible invadía a la población. Al principio se hablaba del tema con la esperanza de que todo fuese un rumor, de que llegarían noticias desmintiéndolo todo. Pero muy al contrario, los hombres que se desplazaban a localidades cercanas, regresaban desorientados y hundidos, en todos sitios se sabía, se tenía la certeza de que el Mundo se acababa.
Los hombres cabizbajos, salían al campo abatidos, y realizaban las labores del campo como autómatas, sin ilusión ni fuerzas siquiera para levantar la azada ni para jalear a las caballerías en sus tareas.
Los habitantes del pueblo, sufrieron cambios profundos, nunca la Iglesia del pueblo estuvo tan concurrida, y fue refugio de casi la totalidad de los erraeños. Incluso se había visto a algunos ateos declarados, vacilar al pasar por la plaza de la iglesia, como si quisieran entrar en ella sin atreverse.
La tristeza se apoderaba del pueblo, los niños percibiendo el estado de ánimo de sus padres, jugaban callados, se escuchaba el silencio, solamente roto al alba por el cantar de los gallos, o por el tañido de las campanas tocando a misa por las mañanas, al medio día a la hora del Angelus ó por la tarde llamando a la oración. Incluso los perros al buscar con la mirada los ojos de sus amos, se contagiaban con éstos, cayendo en un peculiar estado de melancolía.
En los meses que pasaron desde conocerse la noticia, en la población se sucedieron cambios profundos, hubo temporadas en las que los sentimientos hedonistas se impusieron a los temores religiosos, era como si la certeza del fin y el conocimiento exacto del mismo, diesen la opción del arrepentimiento en los días previos al desenlace. No fueron por tanto extrañas las celebraciones, fiestas y bailes durante esos meses.
La cuenta atrás estaba en marcha, se descontaban los días con pesar. Durante la semana previa al fin, el desconcierto se apoderó de todos, el trabajo del cura aumentó, los habitantes del pueblo pasaron por el confesionario, uno tras otro, en un reguero silencioso.
La gente decía que al contrario que la última vez en la que con el Diluvio Universal, el final del mundo vino “en agua”, esta vez sería “en fuego” que abrasaría todo lo habido y por haber. También había quién decía que el sol no saldría, que esa sería la señal. Josefa la ciega que incluso en algún momento había inventado alguna poesía satírica sobre el tema, apesadumbrada pensaba que ella no podría, sí era así, distinguir los síntomas del comienzo del fin.
MCMLV.