RADA DE HARO: EL FIN DEL MUNDO (continuación).- II . LA VISPERA,...

EL FIN DEL MUNDO (continuación).-

II . LA VISPERA, -

Era la víspera del día final; la mujer había dejado a su marido en casa cuidando de su primer hijo varón; el día anterior, había adobado trigo con agua, vino y aceite, y por la mañana lo había tostado, después había tostado los cañamones que habían comprado en Belmonte; su marido, mientras el niño en el suelo jugaba con unos trozos de teja - quizá de forma premonitoria- tostaba los garbanzos en la sartén con el yeso, cerniéndolos en el cedazo, y juntándolos con el trigo y los cañamones; habían decidido hacer tostones. Salió de la casa y comenzó a bajar por la calle Las Peñas, en el callejón de Pacomio unos niños jugaban, llamó a su hija de poco más de cuatro años,
- Ven conmigo, le dijo, vamos por vino dónde la Pura de Bartolo.

La niña se levantó y fue junto a su madre, ésta llevaba una pequeña garrafa y un jarro pequeño que entregó a la niña para que lo llevara; dejaron atrás primero la Placeta en la que un grupo de mujeres del pueblo murmuraba en voz baja; después el Callejón de la Iglesia, llamado también de Pitorreo, al llegar al casino vieron dos mozalbetes, hablando, eran su cuñado y el hijo del barbero, que volvía de Campo de Criptana, donde aprendía el oficio de su padre, regresaba sin duda para esperar con su familia el día fatídico. Torcieron a la derecha por el callejón de la Tía Rojilla, donde tantas veces había ido la niña a pedir perejil de parte de su madre, antes de llegar al Cotanillo, había formada una cola de mujeres que llevaban botellas y vasijas; se había corrido la voz de que la Pura y Bartolo habían decidido repartir gratis entre la gente del pueblo el vino que les quedaba en la pequeña taberna que tenían, al fin y al cabo de poco servía apurar el negocio.

La gente esperaba en silencio. Cuando les llegó el turno, la Pura cogió una azumbre de vino y ayudada con un pequeño embudo lleno la garrafa de dos litros que llevaba la mujer, seguidamente cogió un cuartillo y vertió un poco de vino en el jarrito que llevaba la niña; después de dar las gracias, madre e hija emprendieron el regreso a casa.

Al llegar, los tostones esperaban en una pequeña lebrilla, la niña dio un grito exclamando:
- tostones que ricos,
Se acercó a la lebrilla, cogió un puñado de tostones con su pequeña mano y comenzó a comérselos; sus padres se miraron con un extraño brillo en los ojos.

Por la tarde la niña salió a jugar con sus primas que vivían en el callejón contiguo, no sin que su madre le dijera con gravedad, que quería que estuviese de vuelta al toque de oración.

Las campanas del pueblo tañeron anunciando la hora de la oración, poco más tarde, con una singular sincronía, las calles del pueblo estaban desiertas.

Pasado un tiempo, el matrimonio con el niño en brazos y la niña, bajaron por la calle desierta, llegaron al casino y entraron, la familia había quedado para despedirse de los abuelos y de los tíos paternos.

El casino estaba semi-vacío, cuatro o cinco hombres daban buena cuenta de una cuerva, uno de ellos en brazos de Baco, canturreaba con voz estropajosa.

Poco más tarde enfilaron calle abajo, pasaron por la plaza de la Casa Grande, siguieron hasta cruzar la “Llaná del pozo” y se dirigieron a casa que la madre de la mujer tenía en extramuros, cruzando el camino que llevaba a Belmonte, estuvieron apenas unos minutos despidiéndose.

Apesadumbrados, sin fuerzas, con la cabeza baja regresaron a casa; quizá pensando en guardar en sus retinas la mayor parte del pueblo, subieron por la calle Llana, dejaron a la izquierda el callejón de la fragua, junto a la posada, al llegar a la Iglesia, vieron que estaba abierta, la mujer hizo intención de entrar, pero su marido la cogió del hombro, la atrajo hacia él y la hizo seguir el camino, todo estaba desierto, tomaron por el callejón del ciego; el chaval al que habían visto en la puerta del casino estaba en la entrada de la placeta sentado en un pequeño asiento de piedra comiendo nuédagos, se acercó a la niña y le ofreció uno, la niña lo cogió y se lo llevo a la boca, tenía un sabor excelente, llevaba cañamones, pan rayado y un agradable sabor a miel. Bajaron por la placeta y se encaminaron a su casa.

La noche cayó como una pesada losa sobre el pueblo y sus habitantes, un silencio pesado, impregnó el ambiente, parecía que el aire fuera más denso y que el tiempo se hubiera detenido.

Un sentimiento de pena, se extendió por las casas y ningún habitante del pueblo pudo probar bocado esa noche, el vino regalado quedó intacto en los recipientes; sólo los niños comieron, ajenos a la enorme tragedia que se avecinaba.

A la luz de los candiles, y de las velas, sentados muy juntos las familias retrasaron al máximo la hora de acostarse; en casi todas las casas, pequeñas lamparillas hechas de algodón, lucían en pequeños platos con aceite, en recuerdo de los familiares ausentes.

Los niños se fueron durmiendo poco a poco, solo los matrimonios permanecían despiertos. A un mismo tiempo, coordinados en el tiempo, con un sentimiento mágico compartido, las parejas se miraron fijamente y embrujados se encaminaron a los dormitorios.

El sueño no llegaba, Morfeo rebelde, se resistía a acoger en su reino a las gentes del pueblo. Al final rendidos pegaron los ojos para tras un breve sueño despertar sobresaltados.

(continuará)

MCMLV.