¿Ha pensado Rajoy en dimitir?
El mismo día en el que Zapatero se burló de Rajoy en el debate sobre el estado de la nación, los portavoces de la Moncloa, conscientes del engaño, se aprestaron a decir a los medios afines que Rajoy se había acabado, que lo echarían de su partido o que iba a dimitir. Y se entiende que algo así hubiera podido ocurrir, y a buen seguro que no es o no ha sido la primera vez que a Rajoy se le pasa por la cabeza la idea de dimitir. Ocurrió cuando tras la derrota electoral del 14M el líder del PP se fue a Canarias a reflexionar y estuvo a punto de dimitir, convencido de que Aznar lo eligió para gobernar pero no para actuar como líder de la oposición.
Y lo malo no está en que dude si seguir o marcharse. Lo malo está en que se queda y no hace lo que debiera para hacer frente a la situación, que no es menor, con la firmeza que requiere el caso o cada caso. Y no con la dejadez y escasez de ideas con la que abordó la última trampa de Zapatero, el anuncio de la negociación con ETA al margen del debate del Parlamento, y después de que el PP, como pardillos que son, se decidieran a participar en la tomadura de pelo del encuentro secreto con el que Rubalcaba sustituyó el debate parlamentario.
Y una vez caído, por enésima vez, en la trampa de Zapatero, Rajoy, como suele hacer en esas circunstancias, se dispone a caer en la otra trampa de la pinza que lo atenaza: va a la COPE a dar exclusiva y cumplida opinión de su catástrofe política con la intención de que la jauría de la radio episcopal, donde lo tienen de rehén, como a casi todo el PP, para que no lo descuarticen al amanecer y le pongan en marcha la operación relevo en la que llevan ya mucho tiempo trabajado.
A Rajoy se le revuelven las tripas al tener que acudir a rendir homenaje a sus actuales carceleros o enemigos interiores, pero si no va teme que será peor para él, que lo van a llamar Maricomplejines, incapaz o cualquier otra cosa. Y Rajoy, ya se sabe, es propicio a ponerse cientos de veces colorado en vez de una sola amarillo, dar un puñetazo sobre la mesa y por una vez ser él.
Es verdad que su posición no es nada fácil y que la herencia recibida de Aznar no ha sido la mejor, ni mucho menos la esperada cuando lo nombraron sucesor. Pero también es verdad que a Rajoy lo ha engazado Zapatero demasiadas veces: cuando le prometió una comisión de alto nivel para revisar el pacto autonómico, o cuando le prometió que iba a reunir el Pacto Antiterrorista, o en vísperas del mitin de Barkaldo, o con motivo del anunciado encuentro entre el PSE y Batasuna, o cuando le dijo que ambos no debían hablar de ETA en el debate de la nación, o que lo llamaría antes de acudir al Parlamento a pedir permiso para negociar, etc, etc.
Zapatero no le ha dicho una sola verdad a Rajoy, a los españoles, a su partido, a ERC, a CiU, a Maragall, a González, a Bono y muy posiblemente ni a Imaz ni a Otegi, y se va a equivocar si piensa que es igual engañar a Carod que a Ternera, pero allá él. Lo grave es que a Rajoy lo engañe con tanta frecuencia y que todavía el jefe del PP declare ante el asombro de todos que está dispuesto a acudir mansamente a la Moncloa con la misma mansedumbre que acude a la COPE para que le lean la cartilla una y otra vez.
El mismo día en el que Zapatero se burló de Rajoy en el debate sobre el estado de la nación, los portavoces de la Moncloa, conscientes del engaño, se aprestaron a decir a los medios afines que Rajoy se había acabado, que lo echarían de su partido o que iba a dimitir. Y se entiende que algo así hubiera podido ocurrir, y a buen seguro que no es o no ha sido la primera vez que a Rajoy se le pasa por la cabeza la idea de dimitir. Ocurrió cuando tras la derrota electoral del 14M el líder del PP se fue a Canarias a reflexionar y estuvo a punto de dimitir, convencido de que Aznar lo eligió para gobernar pero no para actuar como líder de la oposición.
Y lo malo no está en que dude si seguir o marcharse. Lo malo está en que se queda y no hace lo que debiera para hacer frente a la situación, que no es menor, con la firmeza que requiere el caso o cada caso. Y no con la dejadez y escasez de ideas con la que abordó la última trampa de Zapatero, el anuncio de la negociación con ETA al margen del debate del Parlamento, y después de que el PP, como pardillos que son, se decidieran a participar en la tomadura de pelo del encuentro secreto con el que Rubalcaba sustituyó el debate parlamentario.
Y una vez caído, por enésima vez, en la trampa de Zapatero, Rajoy, como suele hacer en esas circunstancias, se dispone a caer en la otra trampa de la pinza que lo atenaza: va a la COPE a dar exclusiva y cumplida opinión de su catástrofe política con la intención de que la jauría de la radio episcopal, donde lo tienen de rehén, como a casi todo el PP, para que no lo descuarticen al amanecer y le pongan en marcha la operación relevo en la que llevan ya mucho tiempo trabajado.
A Rajoy se le revuelven las tripas al tener que acudir a rendir homenaje a sus actuales carceleros o enemigos interiores, pero si no va teme que será peor para él, que lo van a llamar Maricomplejines, incapaz o cualquier otra cosa. Y Rajoy, ya se sabe, es propicio a ponerse cientos de veces colorado en vez de una sola amarillo, dar un puñetazo sobre la mesa y por una vez ser él.
Es verdad que su posición no es nada fácil y que la herencia recibida de Aznar no ha sido la mejor, ni mucho menos la esperada cuando lo nombraron sucesor. Pero también es verdad que a Rajoy lo ha engazado Zapatero demasiadas veces: cuando le prometió una comisión de alto nivel para revisar el pacto autonómico, o cuando le prometió que iba a reunir el Pacto Antiterrorista, o en vísperas del mitin de Barkaldo, o con motivo del anunciado encuentro entre el PSE y Batasuna, o cuando le dijo que ambos no debían hablar de ETA en el debate de la nación, o que lo llamaría antes de acudir al Parlamento a pedir permiso para negociar, etc, etc.
Zapatero no le ha dicho una sola verdad a Rajoy, a los españoles, a su partido, a ERC, a CiU, a Maragall, a González, a Bono y muy posiblemente ni a Imaz ni a Otegi, y se va a equivocar si piensa que es igual engañar a Carod que a Ternera, pero allá él. Lo grave es que a Rajoy lo engañe con tanta frecuencia y que todavía el jefe del PP declare ante el asombro de todos que está dispuesto a acudir mansamente a la Moncloa con la misma mansedumbre que acude a la COPE para que le lean la cartilla una y otra vez.