Necios o fanáticos
Según La Vanguardia de ayer, “el Gobierno prevé avances de calado con ETA en dos meses”. Tal vez se trate sólo de una hipótesis destinada a ser desmentida por la realidad. Sin embargo, parece oportuno señalar que, si así sucediera, a casi nadie le asombraría. Desde luego, la inmensa mayoría de los ciudadanos -incluidos numerosos partidarios del PP- están deseando leer o escuchar noticias positivas respecto al proceso de paz. Este país, que tantos prodigios ha generado desde la Transición hasta ahora, continúa no obstante arrastrando una malformación llamada ETA.
Va siendo ya hora de que desaparezca, y con el menor trauma posible. Demasiados traumas estremecedores ha habido a causa del terrorismo de origen vasco como para no intentar que el final de la violencia se alcance por la vía pacífica. Cuanto más pacífica y dialogada resulte esa vía, mejor. En la medida, naturalmente, de que ese camino sea viable y pueda ser transitado sin mancillar ni la dignidad del Estado de Derecho ni la memoria de las víctimas.
El Gobierno llega a la fase actual sin haberse rendido, ni poco ni mucho, a ETA, a pesar del vocerío de la derecha extrema que se han pasado cerca de dos años vilipendiando a Zapatero por ser –se ha llegado a decir- un traidor a la patria. No ha habido cesiones, ni genuflexiones, ni claudicaciones. Tampoco ha habido histerismo o ansiedad imprudente. Aunque la calle-borroka haya reaparecido y los etarras hayan continuado llevando a cabo algunas de sus siniestras actividades, Zapatero no ha perdido la calma en ningún momento. El tiempo juega a su favor.
Llevamos ya tres años y medio sin un muerto provocado por ETA. Este dato -que la cúpula del PP desprecia y que sus peones mediáticos minusvaloran- es tan ilustrativo como determinante. Ignorarlo restándole importancia es propio de necios. O de fanáticos. Que acaban creyéndose sus propias mentiras. Las que les repiten cada mañana desde los micrófonos episcopales.
Según La Vanguardia de ayer, “el Gobierno prevé avances de calado con ETA en dos meses”. Tal vez se trate sólo de una hipótesis destinada a ser desmentida por la realidad. Sin embargo, parece oportuno señalar que, si así sucediera, a casi nadie le asombraría. Desde luego, la inmensa mayoría de los ciudadanos -incluidos numerosos partidarios del PP- están deseando leer o escuchar noticias positivas respecto al proceso de paz. Este país, que tantos prodigios ha generado desde la Transición hasta ahora, continúa no obstante arrastrando una malformación llamada ETA.
Va siendo ya hora de que desaparezca, y con el menor trauma posible. Demasiados traumas estremecedores ha habido a causa del terrorismo de origen vasco como para no intentar que el final de la violencia se alcance por la vía pacífica. Cuanto más pacífica y dialogada resulte esa vía, mejor. En la medida, naturalmente, de que ese camino sea viable y pueda ser transitado sin mancillar ni la dignidad del Estado de Derecho ni la memoria de las víctimas.
El Gobierno llega a la fase actual sin haberse rendido, ni poco ni mucho, a ETA, a pesar del vocerío de la derecha extrema que se han pasado cerca de dos años vilipendiando a Zapatero por ser –se ha llegado a decir- un traidor a la patria. No ha habido cesiones, ni genuflexiones, ni claudicaciones. Tampoco ha habido histerismo o ansiedad imprudente. Aunque la calle-borroka haya reaparecido y los etarras hayan continuado llevando a cabo algunas de sus siniestras actividades, Zapatero no ha perdido la calma en ningún momento. El tiempo juega a su favor.
Llevamos ya tres años y medio sin un muerto provocado por ETA. Este dato -que la cúpula del PP desprecia y que sus peones mediáticos minusvaloran- es tan ilustrativo como determinante. Ignorarlo restándole importancia es propio de necios. O de fanáticos. Que acaban creyéndose sus propias mentiras. Las que les repiten cada mañana desde los micrófonos episcopales.