LOS HINOJOSOS: En 1898, mientras Joaquín Costa clamaba contra los...

En 1898, mientras Joaquín Costa clamaba contra los caciques, nuestro Ejército caía en Cavite o Ramón Casas presentaba su famoso cartel del Anís del Mono, el mariscal de campo inglés Horacio Hervert Kitchener resultaba triunfador en la famosa y feroz batalla de Omdurman, en la que murieron 10.000 derviches, que puso fin a la campaña del Sudán. Allí, entre las victoriosas tropas angloegipcias, estaba un joven oficial, Winston Churchill.

En aquel momento, el más grande político británico de los últimos ciento y pico años no había cumplido los veinticinco y tenía aún sesenta y siete gloriosos años por delante. Comparado ese germen biográfico con la carrera ya transcurrida de José Luis Rodríguez Zapatero, encontramos una diferencia fundamental, definitiva. La experiencia.

Churchill ingresó en el Ejercito buscando un escape a su previa y juvenil catástrofe académica; pero la vida, ya que no la Universidad, le cuajó como un modelo de hombre de Estado y le hizo merecer un Premio Nobel de Literatura. Plutarco, evidentemente, no podría escribir una de sus mágicas “Vidas paralelas” con el esquema biográfico de tan dispares personajes.



Zapatero no tiene chicha intelectual y ni tan siquiera la sustituye y complementa con la limoná de la experiencia. Es, en lo que le llevamos visto, que ya no es poco, un cántaro hueco con cuatro pueriles ideas fijas, salidas del rencor familiar y de una militancia mal digerida. Llegó a instalarse en la Moncloa sin un ejercicio profesional, como abogado, que pueda ser tenido en cuenta.

Tras calentar durante años un escaño en la Carrera de San Jerónimo, sin pena y sin gloria, llegó, por obra y desgracia del 11M, a presidir un Gobierno que, instalado en la bonanza económica, nos quita más de lo que nos da, desmorona los cimientos del Estado y, con el apoyo de todo un mosaico de fuerzas separatistas, ha conseguido reanimar a los asesinos de ETA y darle alas a cualquier brote centrífugo capaz de decir, aunque sea sin el suficiente respaldo popular, un ¡aquí estoy yo!

El deseable juego democrático se sustenta en el principio de que todos —cualquiera— pueden llegar a ser jefe de Gobierno y decidir, en lo que cabe, los destinos de la Nación. No hay, afortunadamente, ni exámenes ni oposiciones que capaciten para ese ejercicio: pero, ¿tan cualquiera puede ser cualquiera?

A Zapatero, además de por la saña guerracivilista que lleva dentro del alma, se le advierte por su falta de experiencia que, en ocasiones, se convierte en patética. Llegó a la Moncloa sin la mínima vivencia de un concejal de pueblo. El valor había que suponérselo.

También Felipe González llegó al poder en parecidas circunstancias de inexperiencia; pero, sin tomar en consideración la fuerza del talento, González ganó holgadamente las elecciones que le llevaron al poder a los siete años de la muerte de Francisco Franco y con sólo cinco de vigencia constitucional. El actual presidente del Gobierno se benefició, desde el momento de su elección, de veinticinco años de experiencia democrática. Los que debiera haber utilizado para la práctica del poder y la gestión en las distintas instancias de la gestión del Estado. Un diputado culiparlante es poca cosa para un momento tan delicado como el que atravesamos.



A los veinticinco años, Churchill ya era diputado conservador y había estado en la Campaña del Sudán y en la Guerra de los Boers —donde fue hecho prisionero—, y le bastó, en 1945, haber descuidado los asuntos internos de la Gran Bretaña para, a pesar de su brillo durante la II Gran Guerra, para perder las elecciones.

Podría decirse también que, en cualquiera de sus posiciones de gobierno, el político británico tuvo una oposición más estimulante que la que aquí disfruta Zapatero; pero a Mariano Rajoy, por lo menos, no se le puede negar una experiencia en la gestión política municipal, autonómica y nacional.