Se acude a la biología para caracterizar a las mujeres, instrumento que sirve la mayoría de las ocasiones para infravalorarlas o para, en contraposición, elevarlas a los altares o sacralizarlas. Por naturaleza se nos atribuye la debilidad, la inestabilidad. Esto hace que se nos considere sujetos de segunda clase, necesitadas de tutelaje por parte del hombre (“¡las mujeres y los niños primero!”). Somos vistas como objetos de apropiación a las que cuidar y proteger, y en el mejor de los casos, motores de acciones importantes, pero ajenas (“detrás de un gran hombre, siempre hay una gran mujer”). Por el hecho de tener capacidad para engendrar, se impone a la mujer la preferencia por el vínculo, la resignación y el sacrificio.
Igualmente se acude a la biología para caracterizar al hombre y para justificar su relación de poder con respecto a la mujer. Se dice que el hombre es más agresivo, y que lo es por naturaleza. Digamos que lo lleva impreso en su código genético. Pues bien, esto es cierto, pero es un rasgo que caracteriza no sólo al hombre, sino también a la mujer, a los leones y hasta a las ratas. Por el hecho de ser animales, somos agresivos y es aquí donde interviene la socialización patriarcal. A las mujeres se nos ha cohibido este instinto, se nos ha negado la agresividad. Hemos sido criadas para ser dulces, para cuidar (y sustentar de forma gratuita el sistema patriarcal a través del ámbito de lo doméstico) y sobre todo para no rebelarnos. La vecina curiosa.
Igualmente se acude a la biología para caracterizar al hombre y para justificar su relación de poder con respecto a la mujer. Se dice que el hombre es más agresivo, y que lo es por naturaleza. Digamos que lo lleva impreso en su código genético. Pues bien, esto es cierto, pero es un rasgo que caracteriza no sólo al hombre, sino también a la mujer, a los leones y hasta a las ratas. Por el hecho de ser animales, somos agresivos y es aquí donde interviene la socialización patriarcal. A las mujeres se nos ha cohibido este instinto, se nos ha negado la agresividad. Hemos sido criadas para ser dulces, para cuidar (y sustentar de forma gratuita el sistema patriarcal a través del ámbito de lo doméstico) y sobre todo para no rebelarnos. La vecina curiosa.