El mundo ha entrado en una fase de privatización universal tan calamitosa, que ser Comunista, lejos de ser “una opción más”, consiste simple y esencialmente en “no comulgar con el Capitalismo”, en luchar, ya sea a título individual o colectivo, por no caer del todo en sus redes tramposas. Así de sencillo. Así de general. Las relaciones humanas, las instituciones sociales, están cayendo más y más en una trampa devoradora de la que ya resulta muy difícil evadirse. Divertirse, comer, amar, hablar. Todo cuesta dinero, ya. Todo ha entrado por el aro categorial de la Mercancía. No ya lo que el hombre necesita o cree necesitar. No ya lo que el hombre hace, dice o deja de hacer o decir... Sino los propios cuerpos y mentes humanas, y todo género de “servicios” o “utilidades” que pudieran ofrecer, han caído ya en ese horrendo sumidero de la Mercancía. De su aprovechamiento económico capitalista, a costa de la desnaturalización del hombre y de la pérdida de la naturaleza, se benefician unas arcas privadas, que en su engrosamiento arrasan con la Sociedad y lo Humano.
Pero ser Comunista es, al menos, ir diciendo No a ese proceso deplorable y depredador no por exitoso, racional. A título individual, colectivo o nacional, hubo quien supo decir No al Capitalismo, y quien sigue diciendo No.
La vecina curiosa.
Pero ser Comunista es, al menos, ir diciendo No a ese proceso deplorable y depredador no por exitoso, racional. A título individual, colectivo o nacional, hubo quien supo decir No al Capitalismo, y quien sigue diciendo No.
La vecina curiosa.