Lo que más me sorprendió fue lo salvaje y natural del lugar: sin señalización, barandillas ni
tiendas, solo las fisuras volcánicas al pie de la
Montaña Blanca. Es un
paisaje completamente
virgen. Exploramos varias de ellas, subiendo y bajando. Recomiendo empezar por el
sendero de tierra y descender entre las grietas: en subida es más exigente, sobre todo con calor, aunque resbala menos.