Como todo está en estado natural y sin acondicionar, hay que hacer un pequeño esfuerzo para acceder. Pero una vez dentro, la sensación es única. Al ser una entrada un poco complicada, estábamos completamente solos, lo cual fue genial. Pudimos observar las paredes volcánicas de cerca y tomar
fotos con calma. Esa primera grieta era bastante corta, así que decidimos continuar por los
senderos de tierra para explorar las siguientes. Las siguientes eran más largas, altas e impresionantes. Las entradas resultaban más cómodas, aunque el suelo seguía algo resbaladizo (nada grave). La luz dorada del sol sobre las paredes volcánicas creaba una paleta increíble de tonos: dorado, beige, gris claro y oscuro.