El antiguo
patio de armas del
Palacio se convirtió en un pequeño
cementerio para los monjes; a su alrededor, se montó un primerizo
claustro gótico del que ya no queda ningún vestigio, pero del que tenemos conocimiento gracias a los dibujos y descripciones de viajeros extranjeros, como el francés Joseph B. Laurens.