Transcurridos unos años, la Cartuja pasa a manos privadas, exceptuando la
iglesia, la sacristía, la
farmacia y la sala capitular, que pasaron a ser propiedad del obispado. Nace entonces la Cartuja residencial. Años después, con la llegada del turismo, el conjunto de la Cartuja pasa a ser un
museo explotado por una sociedad civil de propietarios.