Su vida era un meticuloso equilibrio entre la soledad y la vida en comunidad. Cada monje vivía en su propia celda, una pequeña
casa con un
jardín privado, donde oraban, meditaban y trabajaban. Solo se reunían para algunos oficios religiosos,
comidas comunitarias y un
paseo semanal. Este aislamiento no era un castigo, sino una herramienta para la oración ininterrumpida, un
camino para despojarse de lo superficial y encontrar la paz interior.