El
edificio estaba formado por una gran
casa y un oratorio; fue en los siglos XVII y XVIII en que cambió su finalidad, ya que dejó de ser
hospital, y pasó a ser lugar de acogida religiosa. Durante el siglo XVII los jurados hacían sus
reuniones en la pequeña
iglesia. El obispo Pedro Fernando Manjarrés de Heredia, en su vista pastoral (1664), comprobó que en aquel lugar estaba el
retablo de los
San Juanes, patronos del
pueblo, aunque su estado de conservación debió de ser deficiente, ya que mandó que se renovara. Por su parte, el obispo Bernat Cotoner mandó (1673) que se hiciera un inventario de todos los ornamentos y útiles del oratorio y encargó su restauración.