TURON (Asturias)

TURON: 31 de Enero...

31 de Enero
SAN JUAN BOSCO: TITAN DE NUESTRA ERA
PATRON DE LA FORMACIÓN PROFESIONAL
INVENTÓ LA F. P. … en 1853!

(Documentacion facilitada por J. Manuel Secades)

LA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL. UN POCO DE HISTORIA.

En 1789, en Glasgow (Inglaterra), acababa de patentar James Watt la “máquina de vapor”. Era un instrumento que, aprovechando la energía desarrollada por el calor, hacía mover palancas y correas de transmisión. Una sola máquina de Watt, con una potencia de 100 caballos de vapor, desarrollaba una fuerza semejante a la de 880 hombres. Una hilandería que emplease éstas máquinas, con una plantilla de 750 trabajadores, podía producir tanto hilo como podrían haber producido 200.000 hombres.

Así empezaron a existir la fábrica y los obreros (llamados también proletarios).
Antes, las gentes eran campesinas, comerciantes, artesanos (los artesanos eran trabajadores que usaban instrumentos propios en talleres propios). Entre los artesanos estaban los hiladores, que trabajaban el algodón y la lana utilizando la fuerza de sus propios brazos.

La producción facilitada por las fábricas, rebaja de golpe el precio de los tejidos y desarrolla enormemente el mercado. Al mismo tiempo, aumenta mucho el empleo del hierro (para hacer las máquinas de vapor, los telares, los ferrocarriles, barcos a vapor, …) y la extracción del carbón de piedra en las minas (necesario para elaborar el hierro y para propulsar las máquinas de vapor y los ferrocarriles).

En los mismos años, gracias al progresivo triunfo de la medicina y de la higiene sobre las epidemias más mortíferas como la peste y la viruela, la población de Europa alcanza un crecimiento imponente: de los 180 millones en 1800, pasa a 260 millones en 1850 (un aumento del 44%).

El crecimiento prepotente de las fábricas (industria) acarrea la crisis de los artesanos y como consecuencia una avalancha de gente del campo cae sobre la ciudad en busca de trabajo
Las fábricas adquieren una fisonomía precisa: centros en donde un enorme número de trabajadores desarrolla la misma tarea a las órdenes de un patrón.
Así surgen en Inglaterra las ciudades del carbón, del hierro, de las industrias textiles.

Es la “revolución industrial”.
Nace en Inglaterra y pasa rápidamente a Francia, Alemania, Bélgica, América.
Constituye uno de los más grandes y radicales cambios realizados en la historia de los hombres.

En la “revolución neolítica” los hombres dejaron de formar desligadas bandas de cazadores pequeños, brutales y salvajes y se convirtieron en cultivadores de plantas y criadores de animales. Pero esa revolución se hizo en el transcurso de miles de años y los hombres fueron adaptándose poco a poco.

La revolución industrial, sin embargo, en un tiempo record de 150 años abrió las puertas a un mundo totalmente nuevo. Se realizaron cambios totales y drásticos en las costumbres, creencias, instrucción y familia.

EL PAVOROSO COSTE HUMANO

Pero el inmenso progreso tuvo, sobre todo en los primeros 100 años, un pavoroso coste humano. Una exigua minoría de personas riquísimas impuso una verdadera esclavitud a una multitud infinita de proletarios.

En las ciudades industriales se forma una clase nueva, la de los proletarios, que no tiene más riqueza que sus propios brazos y los de sus hijos. Las condiciones del proletariado son espantosas. En 1850, las “casas” de los obreros están en sótanos, en cada uno de los cuales se hacina toda la familia, sin aire, sin luz, mal olientes por la humedad y los desagües. En las fábricas no hay más condiciones higiénicas, ni más reglamento que el impuesto por el patrón.

Un salario de hambre permite una nutrición totalmente insuficiente. Su comida ordinaria es verdura hervida. A duras penas puede sobrevivir una familia proletaria. Se disgrega la familia, aumenta el alcoholismo, la prostitución y la criminalidad y se difunden nuevas enfermedades, consecuencia de ciertos trabajos y de las condiciones en que éstos se desarrollan (tuberculosis, silicosis, …).

A la fábrica no van solamente los hombres y las mujeres. Van también los niños, y su vida se convierte en un tormento. Aguantan de pie toda la jornada laboral pues está prohibido sentarse, y la fatiga, el sueño y el cansancio provocan frecuentes desgracias en el trabajo. Mal alimentados, con pésimas condiciones higiénicas y sometidos a un extenuante trabajo, la vida de estos pequeños desgraciados resulta muy corta. Carecen de dinero para médicos y medicinas, para vestidos y escuela. La vida media de un obrero, entre 1830 y 1840, es de 17 a 19 años.

Alrededor de 1850, el proletariado francés, belga y alemán, se encuentra en idénticas condiciones que el proletariado inglés.

La revolución industrial llega un poco más tarde a Italia por falta de materiales y de materias primas. Hacia 1840 llega a Turín. Este es el ambiente que, en 1841, se encuentra Juan Bosco cuando a los 26 años es ordenado sacerdote.

La ciudad se desarrolla rápidamente. En 10 años (1838-1848) se incrementa en 20 mil habitantes y se construyen setecientas casas nuevas. Hasta 1850 recibirá 100.000 inmigrantes.

Llegan familias pobres y chicos jóvenes solos, procedentes del campo. A pie de obra, ve don Bosco “muchachitos de 8 a 12 años, lejos de su tierra, que trabajan de ayudantes de albañil. Pasan la jornada sobre andamios poco seguros, al sol y al viento, subiendo empinadas rampas con carretillas cargadas de cal y de ladrillos, sin más ayuda educativa que vulgares reprensiones y golpes”.

Las familias obreras “suben a las buhardillas” por la noche. No hay otros apartamentos con alquiler aceptable, para el sueldo de un obrero. Don Bosco llega a verlas y las encuentra “bajas, estrechas, tristes y sucias. Sirven de dormitorio, de cocina y, a veces de lugar de trabajo para familias enteras”.

Hay bandas de jóvenes que vagan, especialmente los domingos, por las calles. Contemplan a las personas “perfumadas y de fiesta” que pasean sin hacer caso de su miseria.